EPIFANIA
Pese a la aparente superficialidad y frivolidad con que se escogen los nombres de muchas cosas, todavía la palabra con que se denomina a objetos o acontecimientos, dice mucho de cual es su contenido. Cuando a la jornada de este viernes 6 de enero le llamamos día de reyes, nos estamos refiriendo, pienso especialmente en España, a un montón de compras que se convertirán en regalos obligados, y recibirán principalmente los niños, diciéndoles que se los traen unos seres más o menos fantasmagóricos y que un día descubrirán que, mezclado con ilusiones, se esconde un engaño. Añádasele unas cabalgatas, que complacen al respetable, al que de alguna manera también se le pretende engañar. Lo que os he contado, mis queridos jóvenes lectores, este cúmulo de costumbres consumistas, no pertenecen al contenido cristiano de la solemnidad de hoy y pienso que perjudican a nuestra Fe, que tiene fundamentos mucho más sólidos.
La Santa Madre Iglesia denomina a esta fiesta, día de la Epifanía. La palabreja se deriva de la lengua griega y significa manifestación por encima (tal vez, alrededor). Lo que celebramos es que el Niño nacido en Belén, fue reconocido en primer lugar por los pastores, poco más tarde por los dos viejecitos del Templo y, al cabo de un tiempo, seguramente algo más de un año, por estos enigmáticos personajes. Nos lo cuenta el Evangelio de San Mateo. No nos dice cuantos eran, tampoco si se relacionaban entre sí e investigaban juntos. Desconocemos su procedencia y apariencia. Lo de que uno era rostro pálido, el otro moreno y el tercero de tez oscura, es pura invención, para dar apariencia simbólica a la universalidad que representaban. De alguna manera, el primero sería europeo, el segundo asiático y el tercero africano. Los otros dos continentes en aquel tiempo eran desconocidos. Pese a que los relatos de los viajes de Marco Polo ya se refieran a sus reliquias y que cuando uno visita Colonia, vea en el escudo de la ciudad tres coronas que los simbolizan y en la preciosa catedral una hermosa gran arca de plata dorada, minuciosamente cincelada y bruñida, donde se dice reposan los restos de nuestros personajes, las noticias que de ellos tenemos son escasas.
Tal vez creáis, mis queridos jóvenes lectores, que lo que he escrito ha sido con ánimo de destruir mitos y costumbres, sin aportar nada positivo. Os confieso con sinceridad que no es este mi propósito. Fueran los que fuesen, se les denomina magos y que es lo que signifique esta profesión, no es cosa clara. La magia puede ser puro espectáculo, para diversión de un auditorio. Puede ser también engaño de cautos. Lo que denominamos magia negra, sin poder detallar por su ocultismo, es otro aspecto. Les parece a los autores que investigan, que la traducción más correcta sería llamarlos simplemente sabios. Gente de categoría intelectual, tal vez investigadores de los astros, para arrebatarles a los cuerpos celestiales enseñanzas que a los demás les eran ocultas. No podemos olvidar que entre nosotros hemos restringido las ciencias a unos pocos apartados y que con sinceridad hemos de reconocer, son insuficientes. Y así se aceptan hoy, paralelamente a la medicina hipocrática, la que llamamos alternativa: flores de Bach, homeopática, acupuntura etc. Con la física o la geología, pasa algo semejante. Puede uno salir con moderno instrumental repleto de circuitos electrónicos, en búsqueda de lo que sea y otro, con una inocente piedrecita que cuelga de vulgar cadena, descubrir manantiales. Os confieso que hasta no hace mucho, me reía de estas prácticas. Un día que estaba solo y había decidido que aquella tarde sería de vacaciones, se me ocurrió tomar un pinchito que abrazaba una amatista barata, atarle una vieja cadenita, de la que en sus tiempos habría colgado alguna medalla. A continuación, cuidadosamente, extendí el brazo asegurándome la inmovilidad. Para sorpresa mía, casi fue un susto, la piedrecita se puso a circular en sentido opuesto a las agujas del reloj. Repetí la prueba al otro lado de done estaba sentado y permaneció quieta. Como tenía la tarde libre, fui experimentando en diversos lugares, lo que hay a mi derecha lo ignoro, no voy a agujerear el suelo en su búsqueda. En los demás sitios, fui afortunado: allí donde existía un contenido espiritual, se movía alegremente. En los otros lugares, no. Nunca he querido experimentar con el Sagrario, le tengo respeto y adoración. Pero sí con imágenes, con antiguas aras de altar, que en el centro tienen reliquias, con lugares de antiguas iglesias que albergaron a su alrededor venerables cementerios, etc. No me he dedicado a progresar, pero estoy convencido de que la radiestesia es algo serio. Como los ideogramas chinos lo son y no por ello me dedico a estudiar lenguas asiáticas. Os he contado esto porque los protagonistas de la fiesta de hoy, los Magos de Oriente, sin saber nosotros cómo lo hacían, el caso es que investigaban. Debemos imaginar que eran estudiosos de documentos antiguos, observadores del firmamento e intérpretes de fenómenos naturales. Su sabiduría y el empeño que pusieron, les llevó al convencimiento de que el deseado, el que era esperanza de muchos, la salvación de pueblos enteros y que muchas gentes ansiaban, había aterrizado en un lugar concreto y era preciso encontrarse con Él, rendirle pleitesía. Justo y obligado sentían que lo era e intuían que el encuentro les permitiría progresar personalmente. Eran personas inquietas, decididas, ni apáticos, ni perezosos. Mucho más que simples “indignados”, sumergidos en una sociedad que les ahogaba.
A los Magos se les debería nombrar patronos de los que creemos que nuestra vida debe ser siempre respuesta a una vocación, a cualquier edad que uno se encuentre. La llamada la recibieron mediante una estrella, como vosotros, mis queridos jóvenes lectores, os puede llegar por vuestro móvil, con motivo del encuentro con una persona o con un grupo, que os abre los ojos interiores a realidades sublimes.
Les toco esfuerzos físicos, si el texto dice que llegaron de Oriente, significa que no eran de una ciudad o un territorio vecino. Seguramente os habrá tocado, cuando habéis ido de viaje, preguntar donde esta una calle, o en que sitio se levanta un monumento, o donde se alberga un museo. Preguntar, y entender la respuesta que te den, siempre resulta molesto. Pero ellos no cejaron en su empeño. Lo que buscaban merecía vencer molestias. Lamento experimentar que hay gente hoy en día, gente mayor y jóvenes, que no quieren molestarse en buscar, en salir al bosque a recoger, en subir a un monte a descubrir un camino. Quieren solucionarlo todo, yendo al supermercado y si lo que compran se estropea, volver de nuevo al mismo establecimiento.
Preguntaron ellos en Jerusalén, a autoridades e indirectamente a sabios. Fueron humildes. Cuando llegaron, el objeto de sus desvelos, vieron que era una criatura, pero no se decepcionaron. Tenían proyectado un camino de vuelta y, a instancias de voces superiores, lo modificaron. Nada nuevo les molestó, la sorpresa no les desanimó. Contemplan, regalan y desaparecen, sin esperar ellos homenajes.
A propósito ¿Habéis observado que el Niño no necesitaba oro y que el incienso y la mirra no se le hubiera ocurrido pedírselo a nadie?. A tantos de hoy, que solo saben hacer regalos de compromiso, porque toca, porque también a mi me lo hicieron, porque este objeto, este cachivache le será útil, o esta prenda es lo que más se vende esta temporada, a tantos vulgares entregadores de cosas que se acostumbran a repartir sin imaginación ni generosidad, hoy les vendría muy bien aprender de ellos. Porque, os lo he dicho muchas veces y no me canso de repetirlo, la elegancia espiritual, se expresa en el arte de regalar.
ENTREGA DE DIPLOMA
La comunidad apostólica, la que reventó paredes y asombró a multitudes con un anuncio prodigioso, no habló de la Navidad. Ni contó lo que había ocurrido en Nazaret, el encuentro de Gabriel, el ángel, con la maravillosa chiquilla llamada María. Y eso que en aquel tiempo los ángeles tenían entre las gentes un predicamento muy superior al que hoy puedan tener los futboleros de primera, los tenistas ganadores de la Davis, o los encestadores de la NBA.
El discurso que repetían era que deseaban que se conociera a un Hombre que un día se presentó en el Jordán, allí donde Juan bautizaba y que este le había reconocido, señalado y recomendado a sus más íntimos. Porque el Bautista era archiconocido, famoso entre ricos y pobres, poderosos y víctimas de la injusticia. Mucho más que lo era Jesús, conocido, seguramente, solo por los vecinos de Nazaret y algún maestro de la Ley o artesano-artista de mosaicos, en la vecina Séphoris.
Fue un momento para Jesús tan importante, como cuando un torero recibe la alternativa y, si no os gusta el ejemplo, os lo diré de otra manera. El encuentro de Jesús en el Jordán representó en su vida, como al estudioso que ha escogido un tutor de prestigio y este le dice que ya está preparado para leer y defender la tesis, evidentemente alcanzando la categoría de doctor. Pienso ahora que tal vez ninguno de los dos ejemplos ha podido ser suficientemente expresivo para vosotros, mis queridos jóvenes lectores. Tal vez acierte si os digo que es algo parecido a cuando a un conjunto, que no ha tenido otra categoría que la de telonero, se le presenta un profesional, ofreciéndoles bolos por todo el mundo y una larga temporada.
Jeshuá, Mesiah, Xristos o, en román paladino, Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, llegado a la tierra en el seno de María en Nazaret, apareciendo en público discretamente en Belén, es entronizado en un modesto meandro de los últimos tramos del Jordán, junto a una villa de poco renombre, tan poco, que necesitaba un apellido, para que supiera el lector el lugar exacto: el acontecimiento ocurrió en Betania, la transjordana (no en la otra, la famosa cercana a Jerusalén).
Un acto aparentemente tan sencillo como el ser remojado ante la multitud, representaba un gesto de humildad, que exigió que la Trinidad en peso, rompiera las barreras del espacio y el tiempo y celebró allí una solemne Teofanía. Una fiesta más clamorosa e imponente que las de la Cibeles o Canaletas, cuando ganan los correspondientes equipos.
El Señor se escurrió y huyó del gentío. No espero homenajes ni medallas. Marcho al desierto.
La soledad y el silencio, revalido el bautismo, le imprimió el marchamo de garantía. Desde aquel momento, fue, a los ojos de los hombres, muy otro.
Nos toca en primer lugar contemplar el hecho. Imaginárnoslo como si allí estuviéramos. Analizarlo para sacar consecuencias. Si bajó la voz del Padre y descendió el Paráclito, nos toca caer de rodillas reverentemente.
No solo eso, puesto que debemos ser seguidores de Jesús, entretenernos hoy en aprender la lección de humildad que nos da en el río, de austeridad y cultivo de la interioridad en el desierto. Y proponernos nosotros imitarle, haciéndol sin prisa.