VOCACIÓN, OBSTÁCULOS
He centrado el campo de la fidelidad, tal vez excesivamente, en el enamoramiento. No ignoro su importancia, pero se hierra si se considera el único. Al matrimonio, como al sacerdocio, se debe llegar como la respuesta a una llamada. Nadie ignora que muchos se casan porque sí, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como se dice vulgarmente. Se encuentran en este estado sin preparación, sin calcular dificultades, sin siquiera reconocer que uno debe permanecer en él comprometido. Se sorprende un conyugue al descubrir características del otro que le resultan desconocidas o carencias en las que nunca pensó. Calculaba que tendría hijos y constatan que no llegan. Desconocían que su existencia no sería única y experimentan vínculos familiares que no tenían previstos. La enfermedad de la madre de uno de ellos, desconcierta al otro. La quiebra del negocio o el paro laboral nunca previsto, altera la convivencia. Una vida que se creía asegurada, se ve truncada etc.
He hecho alusión a la realidad matrimonial y a algunas de sus dificultades, para referirme ahora a situaciones paralelas de la vida sacerdotal.
Ignora muchas veces el que pretende el sacerdocio, que no es suficiente que lo quiera, sino que es preciso ser admitido. Como el enamorado no debe ignorar, que para que haya noviazgo el amor debe ser correspondido por el del otro. Un temperamento visceralmente activo, difícilmente será capaz de soportar fracasos imprevistos, que ocurren en el transcurso de la vida presbiteral. Sabe que renuncia al matrimonio, y lo acepta, y con frecuencia constata que es huérfano espiritual. Su autoridad jerárquica se afana para que se cubran los huecos ministeriales, pero ignora, o decide despreocuparse, de las crisis personales. ¡cuantos sacerdotes viven y mueren tristes, porque les ha faltado el padre espiritual que creían iba a ser su obispo!.
Ha soñado que el presbiterio sería una minúscula imitación de lo que fueron las vivencias de los Apóstoles escogidos por el Señor y topa con la indiferencia, la envidia o los recelos de los que siempre desean elevarse en el escalafón clerical. A su alrededor puede tener compañeros de ministerio, pero no goza de su confianza. Ve como a uno cualquiera de sus conocidos, cuando se le avería el coche, acude a otro que le presta el suyo, pero él comprueba que no puede contar con el de sus compañeros. Sabe que no se trata de formar “matrimonios espirituales” pero experimenta la frialdad y ausencia de confidentes a quien consultar.
Puede gozar de ayudantes, si es que conoce a alguien que “tiene tiempo” , pero difícilmente encuentra amigos colaboradores.
SANTA MARÍA DESILUSIONADA – mensaje-homilía-4ºC
La segunda lectura de la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, es uno de los más bellos textos del sesudo Pablo. Lo he escuchado proclamar muchas veces en celebraciones matrimoniales, de esas que se dice son tan majas. No quisiera desilusionaros, pero os advierto, que la gente comúnmente no sabe captar el sentido del original. Se trata de un problema idiomático. La lengua griega tiene tres vocablos diferentes para expresar el aprecio. Habla de filia, cuando se trata de amor a algo abstracto o de relación amical entre personas. Filosofía, filología, anglófilo o bibliófilo, tienen el primer sentido. Amigo de otra persona, amante de los enfermos, son otros conceptos situados en este campo. Eros, indica el amor de enamoramiento entre un hombre y una mujer. Agape, es caridad, el sublime aprecio trascendente a Dios o a los hombres. Las tres palabras, lamentablemente, se traducen al castellano con la misma locución: amor, ocasionando confusiones. El texto de la carta a los Corintios se refiere al amor de agapé. Dicho de otra manera: la excelencia, por encima de cualquier otro valor, está en la Caridad. Muchas veces entre un posible novio y su enamorada, existe únicamente un atractivo físico o sentimental, que puede tener gran valor humano, pero que no es el amor al que el Apóstol se refiere. He puesto este ejemplo por la utilización que se hace en las bodas, como decía antes.
Conviene, pues, que lo penséis bien. Que os preguntéis si amáis de esta manera, para que si vuestra respuesta sincera os dice que sí, os alegréis y florezca en vosotros la Esperanza. Que queráis a vuestro perro, que os guste la música o que os entendáis muy bien con uno de vuestros compañeros, es cosa buena, pero no os concederá nota de sobresaliente espiritual. Cosa semejante os digo de vuestra posible pasión coleccionista. Y basta de ejemplos.
El texto evangélico de la misa de hoy, es continuación del del domingo pasado. La gente miraba al Maestro atentamente, se asombraba de su notoria sabiduría, esperaba con curiosidad lo que iba a decir. Como era vecino suyo, que conocerían de sobras con motivo de reparaciones que habría efectuado en muchas de sus casas o de encontrárselo por las calles o caminos, les picaría la curiosidad. Seguramente que la mayor parte de ellos ignorarían que en Séforis había estudiado, aspecto del que os hablaba la semana pasada. Todos ellos, excepto su Madre Santa María, no sabrían que era el Hijo unigénito de Dios, y aun ella misma no lo comprendería bien. José, el único confidente de Dios al respecto, habría muerto anteriormente, por consiguiente todos ignoraban que había sido concebido milagrosamente por obra del Espíritu Santo. Pero algo intuirían, porque habrían observado que no era un vecino cualquiera. Su Madre ilusionada, ocuparía un lugar desde el que pudiera verle y escucharle bien.
Los políticos y comerciantes cuando se les presenta una ocasión semejante, la aprovechan para elogiar al auditorio y sacar tajada a su favor posteriormente. El comportamiento de Jesús no fue tal. Les echó un jarro de agua.
Lo de buscarse influencias y sacar partido de relaciones vecinales o simpatías, la corrupción que descubrimos que se ceba en tantos políticos, deportistas y empresarios de hoy en día, no era, ni es, cosa del Señor. Les recuerda unos hechos que para los judíos eran muy conocidos. Elías, el gran profeta, había asistido a una extranjera que sufría una situación adversa, consecuencia de una pertinaz sequía. Tantas otras mujeres que pasarían hambre, no se vieron favorecidas. Otro tanto pasó con Eliseo, discípulo suyo y también profeta, que curó a un militar extranjero de la lepra.
Que el Señor sacara estos ejemplos, no les hizo ninguna gracia a ellos. Se indignaron, no soportaron lo que les decía y violentamente se lo llevaron para despeñarlo por un precipicio. No era su hora, la hora de morir sacrificándose por los hombres, y se escapó escurridizo del lugar.
Su Madre que habría esperado con tanta ilusión este momento, sufriría enormemente este fracaso. En Caná de galilea, con motivo de la boda y de su intercesión, recibiría felicitaciones y parabienes. Ahora sus vecinas la mirarían con indiferencia, o tal vez con lástima, nada de enhorabuenas, ni cumplidos.
Jesús le resultó entonces, como en otras ocasiones, un problema. No os quejéis vosotros si en algún momento os pasa igual.
¿Dónde ocurrió este fracaso? No se sabe con seguridad. La orografía de Nazaret no da pie a señalar con exactitud un lugar determinado. Sí que existe una capilla dedicada a Nuestra Señora del asombro, o del espanto. Mis queridas jóvenes amigas, no os desaniméis cuando sufráis un fracaso. Uníos al de Santa María, encontraréis consuelo y pedidle os de fuerzas para continuar sin desalentaros, como hizo Ella.
Todos vosotros, no busquéis el éxito. No creáis que alcanzarlo es señal de grandeza. Lo que os diré ahora no es palabra de Dios, es consejo de R Kipling, el autor del famoso Libro de la Selva: “si tropiezas el triunfo, si llega tu derrota, y a los dos impostores tratas de igual forma… serás hombre, hijo mío” (el texto completo del bello y famoso poema, lo tendréis completo por internet si buscáis: if… o El sí, de Kipling. Os lo recomiendo, como en alguna otra ocasión ya os lo he dicho