AVMRADIO AGRADECE A TODOS LOS COLABORADORES QUE HACEN POSIBLE NUESTRAS EMISIONES, POR LA GRAN LABOR A PRECARIO QUE REALIZAN. AVMRADIO ES LA VOZ DE LOS QUE NOTIENEN VOZ. ES POR ESTE MOTIVO QUE AVMRADIO NO SE RESPONSABILIZA DEL CONTENIDO DE CADA PROGRAMA EMITIDO, ESTA RESPONSABILIDAD RECAE EXCLUSIVAMENTE EN SU AUTOR.

Vídeo on-line

Transmisiones vivo y directo

 

CLICA SOBRE "VIDEO ONLINE" E INMEDIATAMENTE PODRAS VISUALIZAR NUESTRAS

PRODUCCIONES DE VIDEO

Buscador

tipo:contenido programa

AVM Radio Cultural

Envíanos tus comentarios

Puedes enviarnos tus comentarios/artículos para ser publicados en Opinion.

Envíanoslo a jmorera@avmradio.org

Teología

LA FE ¿QUÉ FE?

Publicado el 29-04-2012
por ARREGUI, José
Puntuación:

Vota:

3 ↓

¡NAMASTE!, INDIA!

Publicado el 06-11-2011
por ARREGUI, José
Puntuación:

Vota:

1125 ↓

¡Namasté, India!

por joxe arregi - Domingo, 6 de Noviembre de 2011

 

Me encuentro en India, con motivo de un Congreso teológico. ¡Namasté! Así se saludan inclinando la cabeza y juntando las manos a la altura del pecho, y quiere decir: "Yo me inclino ante tu forma", "Mi espíritu respeta tu espíritu", "La divinidad que hay en mí venera la divinidad que hay en ti".

Leer más

Pecado de lesa laicidad

Publicado el 17-08-2011
por
Puntuación:

Vota:

1102 ↓

Pecado de lesa laicidad

Juan José Tamayo. 14/8/11
.

 

Esta es una Iglesia muy distinta de la que predicó Jesús de Nazaret y de la que impulsó el Vaticano II
 

La visita de Benedicto XVI a España del 18 al 21 de agosto con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), nueve meses después de la realizada a Santiago de Compostela y a Barcelona, demuestra la importancia estratégica que el Papa concede a España en el conjunto del catolicismo mundial para el desarrollo de su programa de restauración de la cristiandad. El viaje de noviembre pasado no logró el objetivo previsto, que era la presencia multitudinaria en torno a la figura del Papa como baluarte de un catolicismo beligerante con la modernidad, el laicismo, la progresiva secularización de la sociedad española y el avance de la increencia, sobre todo entre la juventud.

 
 
 

Esta es una Iglesia muy distinta de la que predicó Jesús de Nazaret y de la que impulsó el Vaticano II

Pero el relativo fracaso del viaje anterior, lejos de disuadir al Papa y a los obispos españoles de repetir la experiencia, ha servido de acicate para intensificar los trabajos de propaganda y movilización de todos los sectores católicos para participar en la JMJ, cuya convocatoria no se circunscribe al territorio español, sino que se dirige a todo el orbe cristiano. El viaje se ha organizado en torno a la idea de la religión como espectáculo, representación teatral, fenómeno de masas y culto a la personalidad del pontífice, sin apenas componente religioso y espiritual, ni horizonte alternativo y transformador, ni dimensión mística y liberadora, que constituyen la verdadera naturaleza de la religión.

Recuerdo a este respecto el relato del primer libro bíblico de los Reyes sobre el profeta Elías. Tras 40 días y 40 noches vagando sin rumbo, el profeta llega al Monte Horeb y entra en una gruta donde pasa la noche. Dios le pide que salga de la cueva y permanezca de pie en la montaña porque va a pasar Él. Primero vino un viento fuerte e impetuoso, pero Dios no estaba en el viento. Luego pasó un terremoto, pero Dios tampoco estaba en el terremoto. A continuación apareció un fuego, pero Dios no se encontraba en el fuego. Por fin llegó el susurro de una brisa suave, y ahí sí se encontraba Dios (1Re 19,9-14). ¿Se encontrará Dios en los actos de papolatría de la JMJ?

Estamos ante un modelo de Iglesia muy distinto del movimiento igualitario de hombres y mujeres que puso en marcha Jesús de Nazaret y muy alejado de la revolución copernicana del Vaticano II que definió a la Iglesia como misterio, pueblo de Dios y comunidad de fe solidaria con los gozos y esperanzas, tristezas y sufrimientos. Entre los actos programados figuran todo tipo de celebraciones religiosas: vía crucis, misa en privado en la Nunciatura, confesiones, misas multitudinarias; encuentros con seminaristas, con profesores universitarios jóvenes, con religiosas jóvenes (a quienes se les exige llevar hábito); reuniones con el Rey y el presidente del Gobierno; comida con los cardenales y obispos de Madrid; visita a un centro de discapacitados. Pero no figuran encuentros, por ejemplo, con los "indignados" del 15-M, con los jóvenes desempleados -alrededor del 44% de la juventud española-, con los inmigrantes, con las mujeres maltratadas, con los desahuciados, con los vecinos de la Cañada Real, con los cristianos y cristianas de base, etcétera. ¡Otra ocasión perdida para compartir las esperanzas y los sufrimientos de los sectores más vulnerables de la sociedad y hacer realidad la opción por los pobres!

La preocupación fundamental de los organizadores se centra en conseguir la asistencia del mayor número de peregrinos venidos de todo el mundo para aclamar al Papa: un millón, millón y medio, dos millones... En eso va a residir el éxito o el fracaso del viaje. ¿Qué diferencia existe entre estas concentraciones y las de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado en pleno nacionalcatolicismo? Unas y otras tienen el mismo espíritu y responden a similares objetivos: la reconquista católica de los sectores alejados de la fe y la ocupación confesional del espacio público, por ejemplo, la colocación de más de 200 confesionarios en el parque del Retiro, el vía crucis en la plaza de Cibeles, así como la misa y la vigilia de oración en el aeródromo de Cuatro Vientos.

Hay, con todo, una diferencia no pequeña entre aquellas manifestaciones y las actuales: vivimos en un nuevo escenario cultural, político y religioso; la religión católica tiene que respetar la laicidad del espacio público y vivir en la sociedad secularizada, como dijera Bonhoeffer, "etsi Deus non daretur", como si Dios no existiera, sin las condiciones de plausibilidad que en épocas pasadas prestaban el Estado y sus instituciones al catolicismo, al menos aquí en España durante el franquismo.

Pero al llegar aquí me asalta una duda y me surge un interrogante: ¿en realidad se ha producido ese cambio de era al que me refería antes en el terreno político-religioso en nuestro país? Yo creo que no, y a los hechos me remito. Las diferentes Administraciones públicas, sean municipales, autonómicas o estatales, se postrarán de hinojos a los pies del Papa, y las instituciones educativas, sanitarias, policiales, culturales, urbanísticas e incluso militares se podrán a su servicio durante los días de la visita. ¿No es esto incurrir en un "pecado de lesa laicidad"?

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Del neoconservadurismo al integrismo, RBA, Barcelona, 2011.

 

 

 

ENCUENTRO DE DOS MUJERES

Publicado el 17-08-2011
por
Puntuación:

Vota:

1104 ↓

ENCUENTRO DE DOS MUJERES
 

Reconfortada por el encuentro con el ángel “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña” a visitar a su prima Isabel que progresaba en su embarazo en edad avanzada. Llenas del Espíritu, ambas mujeres cantan y proclaman palabras de alabanza a Dios. Es un encuentro donde las protagonistas son mujeres, donde se afirman la una a la otra y abren ventanas para los demás.
El encuentro se produce en la casa de Zacarías pero él se mantiene mudo. No hay más varones en el entorno. En este amplio silencio masculino resuenan las voces de dos mujeres una alabando a la otra y ambas, a Dios. El derramamiento del Espíritu sobre Isabel y María sucede en el espacio doméstico tradicionalmente femenino. Mujeres son las que toman la palabra para transmitir con fuerza la buena nueva que resuena; mujeres, también, las que encarnan la misericordia de Dios que ellas mismas proclaman.

Se dice que las mujeres embarazadas tienen una necesidad casi física de la compañía de otras en su mismo estado para compartir sus miedos, darse ánimos, poner de manifiesto sus esperanzas… María e Isabel también comparten esa necesidad y mucho más. Habiéndose resignado a la evidencia de no poder tener hijos, ahora Isabel se enfrenta con una “bendición inesperada”. María, a su vez, tiene que demostrar cómo vivir con una bendición que, en principio, crea más problemas que soluciona. ¿Cómo explicar esto a José?

No era así como María había planeado su vida, Dios se la había puesto del revés. En ese estado, toda persona necesita hablar con otra que tenga experiencia y conozca lo que significa vincularse a las intenciones de Dios, lo que significa acoger su Palabra. Los ánimos que se dan mutuamente les permiten seguir adelante con más confianza y alegría, a pesar de las dificultades que tienen todavía por delante.

Al conectar María e Isabel se ven facultadas para hablar con voces proféticas. Se encuentran, y la fuerza de su encuentro las lleva a proclamar en medio de la historia que Dios bendice al humilde y puede con las fuerzas opresoras. Con sus discursos paren esperanza, esperanza para el pueblo desposeído. Ellas manifiestan la capacidad de las mujeres para interpretar la Palabra de Dios y la valentía para llevarla a la práctica.

María, fortalecida por el testimonio de Isabel, canta el Magnificat, el cual, según la inimitable expresión de un gran pensador es “un brindis a nuestro Dios” pronunciado en una jubilosa acción de gracias en medio de la historia sufriente del mundo. La letra de este hermoso brindis deja claro que el amor divino está especialmente de parte de aquellas personas cuya dignidad tiene que ser recuperada.

Dios protege al pobre advirtiendo de sus desgarros, mientras desafía al poderoso y soberbio para que se convierta, para que se haga un discípulo de verdad, aún a cosa de su propia comodidad y posesión. La intención divina no es llevar a cabo la venganza, creando con ello un nuevo orden de injusticia, sino construir una comunidad de hermanas y hermanos marcada por la dignidad humana y el respeto mutuo. Tanto para el pobre como para el rico, el Magnificat vehicula el sueño de la fraternidad universal.

María se quedó con Isabel durante unos tres meses. No describe Lucas ese tiempo que ambas estuvieron juntas, pero, según la reflexión de algunas mujeres, Isabel acoge a María y la alimenta, afirma su vocación, fomenta su confianza… Juntas toman nota de los cambios que Dios provoca en sus vidas y de la gracia que les acontece. El apoyo que comparten la una de la otra las capacita para ser madres de la siguiente generación de profetas: el Precursor y el Salvador del mundo.

Este encuentro entre María e Isabel es el prototipo de lo que tendría que ser todo encuentro humano, encuentros generadores de vida y de fraternidad. Y la fiesta que celebramos nos indica que esos encuentros tienen semillas de eternidad.

MARICARMEN MARTÍN

 

 

Ord 15 A Mt 13: 1-23: El sembrador

Publicado el 07-07-2011
por VILABRILLE LINARES, Faustino
Puntuación:

Vota:

1156 ↓

Ord 15 A Mt 13: 1-23: El sembrador

Narrador:  Muy tempranito de ese día, Jesús sale de casa con algunos de sus amigos y amigas, atraviesan una siembra de milpa por una veredita hecha por el paso de la gente.
Jesús  Tengan cuidado. No vayan a pasar encima de las siembras.
Magdalena  Ay Jesús, ya le ha pasado tanta gente, que la semilla que cayó ahí ya está muerta y aplastada.
Pedro  Es que el dueño de la finca cerró el camino de la aldea. Ahora la gente tiene que pasar por aquí, entre la siembra de don Porfirio.
Narrador Jesús, que nunca pierde la oportunidad de enseñar haciendo comparaciones o contándoles parábolas, aprovecha la ocasión para decirles:
Jesús  Eso que dicen se parece a lo que pasa con la Palabra de Dios. ¿Recuerdan la parábola del sembrador? El sembrador salió a sembrar y, mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino, vinieron las aves y se los comieron.
Magdalena  Es la gente que no quiere oír la palabra de Dios. Ni mucho menos ponerla en práctica. Prefieren pasársela ante la tele o hablando por su celular, o en bailes y fiestas. Gastan mucho en sus diversiones y no tienen ni un centavo para ayudar a los demás.
Pedro  O también quienes se la pasan trabajando todo el día, no por necesidad, sino sólo para ganar más dinero y se olvidan hasta de su familia.
Jesús Cuando uno oye la palabra del Reino y no la interioriza bien, viene el maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Esa es la semilla que cayó a lo largo del camino.

Narrador Llegan hasta la cumbre del cerro, desde donde se ve casi completito todo el lago de Atitlán. Se sientan a la orilla y siguen comentando cómo les ha ido con sus cosechas:
Pedro  Nosotros escogimos y sembramos de las mejores semillas, pero, como nuestro terreno está en una ladera, la tierra se ha lavado con la lluvias y ya solo hay piedras. Así que casi no cosechamos nada. El sol quemó muchas plantitas cuando empezaron a salir.
Jesús  La semilla que cayó en terreno pedregoso es aquel que oye la palabra y enseguida la recibe con alegría, pero no tiene raíces y dura poco.
Pedro  Esto es lo que le sucedió a mi siembra y es lo que nos pasa muchas veces en la vida: nos entusiasmamos con un proyecto, pero a la hora de ejecutarlo, nadie tiene tiempo o nadie quiere comprometerse. Entonces no se puede cosechar nada.
Juan  Peor todavía cuando empiezan las calumnias y persecuciones por estar haciendo presente el Reino de Dios. Son los primeros que salen corriendo y algunos hasta nos han traicionado.
Sonia  Nosotros tampoco cosechamos mucho, pues mi esposo se enfermó y mi papá se fue a la capital a ver si le daban la famosa pensioncita de la tercera edad. Estuvieron allá varios días, hasta en huelga de hambre, y no consiguieron nada. Mientras tanto la siembra se llenó de monte y ahogó la milpa.
Jesús  Es como aquél que oye la palabra, pero luego las preocupaciones de esta vida y los encantos de las riquezas ahogan esta palabra y al final no produce fruto.
Juan  Yo creo que también eso nos pasa a nosotros. ¿Recuerdan cuántos empezamos la capacitación para cuidar mejor nuestra tierra? Sólo dos terminamos. Los demás la dejaron por otras cosas de menor importancia y ahora vemos los resultados.
Magdalena  A mí se me figura que también son aquellos hermanos que ven lo difícil que es ser cristianos de verdad. Entonces prefieren refugiarse en tradiciones vacías, como que quisieran volver atrás en el tiempo.
Pedro Quieren negar el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla y hasta Aparecida, para quedarse en la Edad Media.
Narrador Entonces interviene Ana, que está muy orgullosa por la cosecha obtenida:
Ana  Pues yo este año conseguí semillas mejoradas y ahora sí que vi crecer mis mazorcas. No tuve que comprar abono ni insecticidas, las milpas no crecieron mucho y el viento no las dobló ¡y vieran qué cantidad de mazorcas hermosas recogí!
Pedro  Tené cuidado. Así me pasó en la cosecha anterior. También nos ilusionamos con todo eso que nos dijeron de las semillas mejoradas; luego, como siempre, aparté las mejores semillas para volver a sembrar y ya no salieron. Después todavía conseguí buena semilla y volví a sembrar, pero igual ya no coseché nada. La tierra se mira como muerta.
Ana  ¿O sea que con las semillas mejoradas, la tierra se muere y cada vez hay que comprar las semillas?
Pedro  Y así como van las cosas, saber cuánto van a costar cada vez.
Magdalena  Yo creo que eso se parece a la gente que piensa que con llenar los grandes templos o los estadios, o pasar orando todo el tiempo, o con predicaciones basta para salvarse.
Ana  También se parece a unos pastores y sacerdotes, religiosos y religiosas, y mucha gente que cree que para salvarse basta con cumplir con la cosas de la iglesia o con la religión, piensan en una salvación individual.
Jesús  Sin embargo no dura más que una temporada. Apenas sobreviene alguna contrariedad o persecución por causa del Evangelio, inmediatamente se viene abajo. Son también como las personas que alejan a la gente de su realidad, que la adormecen y la paralizan. Creen que están haciendo el bien, y que están dando frutos, pero son como esas grandes mazorcas obtenidas con transgénicos, que no sirven, que hacen daño a la gente y matan la tierra.
Juan  Yo no me dejé engañar con esas semillas, dizque mejoradas. Fui a un taller de soberanía alimentaria y ahí aprendimos que esa semilla no es buena para la salud. Así que escogimos nuestra mejor semilla criolla, de la que nos dejaron nuestros abuelos y abuelas y la guardé.
Ana  ¿La guardaste? ¿y para qué?
Juan Nos dijeron que la tierra ya está cansada, porque siempre sembramos lo mismo, una o dos cosechas al año sin dejarla descansar; y la tierra necesita renovarse, rotando los cultivos. Así que conseguimos bastante abono orgánico, de hojas, de gallinas, de vacas y también broza, y sembramos hortalizas y verduras. La cosecha fue hermosa y abundante y el año próximo sembraremos otra cosa. Y así la tierra irá recuperando sus nutrientes. Luego podremos sembrar las semillas que guardamos y hacer una verdadera milpa, con frijol y ayote que la ayuden.
Jesús  La semilla que cae en tierra buena son aquellas personas y comunidades que oyen la Palabra, la comparten y la ponen en práctica. Entonces dan fruto y producen 100, 60 ó 30 veces más.
Magdalena  Esa tierra buena es como nuestras comunidades: reflexionamos sobre nuestra realidad, la iluminamos con la Palabra de Dios y la hacemos vida. No tenemos miedo de arriesgarnos con tal de mejorar nuestra situación. Pero no solo para nosotras, sino que buscamos la vida digna para todas y todos.
Jesús A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos. Dichosos los ojos de ustedes que ven, dichosos los oídos de ustedes que oyen, porque les digo que muchos profetas y muchas personas santas ansiaron ver lo que ustedes están viendo y no lo vieron, desearon oír lo que están oyendo y no lo oyeron, quisieron vivir lo que ustedes están viviendo y no lo vivieron.

Otra religion es posible de Juan José Tamayo

Publicado el 25-05-2011
por MORERA, Juan
Puntuación:

Vota:

1179 ↓

Severo diagnóstico sobre la salud de las religiones

 

Otra religion es posible de Juan José Tamayo

Cuando nos sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Esa es la situación sociocultural y religiosa en la que nos encontramos. Estamos viviendo un cambio de paradigma caracterizado por una serie de revoluciones. Revolución económica por mor de la globalización neoliberal, a la que responden los movimientos alterglobalizadores con su propuesta de otro mundo posible.

 

Revolución biogenética en cuestiones otrora inmutables como el origen y el final de la vida, el ejercicio de la sexualidad y su relación con la reproducción, la investigación con células embrionarias con finalidad terapéutica, etc.

 

Revolución informática, que nos permite estar informados en tiempo real gracias a internet, los telemóviles, los blog, etc.

 

Revolución ecológica, que lleva a respetar y cuidar de la naturaleza como nuestro hogar y mantener relaciones simétricas, no opresoras ni depredadoras, con ella y a conformar una unidad armónica, si bien diferenciada, entre cosmos y humanidad.

 

Revolución feminista, que cuestiona en su raíz las discriminaciones de género, replantea las relaciones entre hombres y mujeres y propone la creación de una comunidad de iguales no clónicos.

 

El cambio de paradigma genera incertidumbre, desconcierto, perplejidad, inseguridad e incluso miedo, sobre todo en el mundo de las religiones, que suelen caracterizarse por su apego al pasado, su evasión del presente y su desdén por el futuro.

 

Las preguntas surgen espontáneamente y no pueden reprimirse. ¿Qué papel deben jugar las religiones en el cambio de paradigma que estamos viviendo? ¿Han de recluirse en el ámbito de lo privado, en la esfera de la conciencia y en los lugares de culto? ¿Tienen algún cometido, alguna tarea a realizar, algún lugar visible en el espacio público?

 

O renovarse o morir. Son las dos opciones que tienen delante. El camino que están siguiendo las lleva casi de manera casi inexorable a morir. Una muerte lenta, es verdad, y, quizá por eso, más dolorosa. Es posible que la muerte de las religiones ahorrara muchos sufrimientos a la humanidad, pero la privaría también de no pocas de sus aportaciones humanitarias y liberadoras.

 

En el caso de que la suerte de las religiones sea su extinción, no pueden responsabilizar de tan triste final a la secularización, ni al laicismo, ni al avance de la increencia. Serían ellas mismas quienes se habrían hecho el harakiri.

 

Pero la suerte de las religiones no está echada y su futuro no tiene por qué ser necesariamente la muerte. Somos muchos quienes no queremos ese final fatal y estamos dispuestos a colaborar para que su destino sea la renovación, la reforma, incluso la ruptura con un pasado alienante.

 

El libro "Otra Religión es posible" hace un severo diagnóstico sobre la salud de las religiones, pero ofrece también alternativas para que otra religión sea posible. Con una condición: que responda constructivamente a los desafíos de la ciencia y de la cultura desde sus mejores tradiciones emancipatorias.

 

Ediciones feadulta.com - 206 páginas, 12,00€

Pedidos a info@feadulta.com. De venta también en librerías religiosas.

 

Juan José Tamayo dirige la cátedra de teología y ciencias de las religiones en la Universidad Carlos III de Madrid. Es secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII.

LA HUMANIDAD DE DIOS por J M ASTILLO

Publicado el 17-05-2011
por MORERA, Juan
Puntuación:

Vota:

1166 ↓

LA HUMANIDAD DE DIOS

 

 

José M. Castillo

 

 

 

 

         Excmo. Sr. Rector Magnífico de la Universidad de Granada,

         Excmos. Srs. Vicerrectores/as,

         Ilmos. Srs. Decanos/as,

         Claustro de Doctores y Profesores/as,

         Autoridades,

         Amigos/as,

 

 

        

         Quiero, ante todo, expresar mi sincero agradecimiento a la Universidad de Granada por el doctorado honoris causa que me ha concedido, a propuesta del Excmo Señor Rector Magnífico de esta Universidad, Doctor Francisco González Lodeiro. También deseo manifestar mi reconocimiento al Centro Mediterráneo, de esta Universidad, por la oportunidad que me ha ofrecido de poder colaborar, durante años, en los cursos de reflexión y difusión cultural que el citado Centro viene ofreciendo a la Universidad y a la ciudadanía en general. En este contexto, agradezco concretamente al profesor Juan Francisco García Casanova la Laudatio que ha hecho para justificar debidamente la iniciativa del Rector de nuestra Universidad.

 

 

         Hablar de Dios en la Universidad 

 

         Como es sabido, en virtud del conocido genéricamente como “Decreto de Libertad de Enseñanza”, de 21 de octubre de 1868, las Facultades de Teología fueron abolidas y, en consecuencia, excluidas de la enseñanza universitaria en España. A partir de entonces, obviamente, no ha sido un hecho normal, en la Universidad de nuestro país, la concesión de un doctorado honoris causa en Teología. Esto no quiere decir que el hecho religioso, y los saberes asociados a él, hayan estado ausentes de nuestras universidades. El fenómeno religioso, como todos sabemos, siempre ha estado (y sigue estando) presente en el tejido social de España y ha sido objeto de estudio en la enseñanza universitaria desde no pocos puntos de vista: la cultura, la historia, la política, la sociología, el arte, la psicología y tantos otros saberes que quedan inevitablemente incompletos si de ellos arrancamos la dimensión religiosa que siempre, de una forma o de otra, ha estado presente en la experiencia humana y en la convivencia social.

 

 

         Pero ocurre que, en este caso, el doctorado se le concede a un teólogo. Con lo cual - prescindiendo de otras consideraciones -, estamos ante un hecho nuevo en nuestra Universidad. No se trata del honor que se le dispensa a un profesor que ha dedicado su vida al estudio de determinados saberes asociados al hecho religioso. Sino que estamos ante la distinción que esta Universidad le hace a un teólogo, es decir, a un hombre que ha intentado dedicar su vida al estudio, no ya de ciertos conocimientos relacionados con la religión, sino al conocimiento y a la explicación de aquello que es el centro mismo de la religión y de la experiencia religiosa: Dios, la fe en Dios, la experiencia de Dios, la creencia religiosa como tal. Porque eso, y no otra cosa, es la teología en sentido propio.

 

         Pues bien, esto supuesto, yo me planteo, desde el primer momento y sin ningún subterfugio ante Ustedes, la pregunta que debe servir de umbral a la resumida reflexión que pretendo presentar: ¿qué sentido tiene (o puede tener) la presencia de la teología, y la concesión de una dignidad singular a un teólogo, en una Universidad no confesional y, por tanto, laica? Esta pregunta, como acabo de apuntar, me va a servir como punto de partida de las consideraciones que expondré a continuación.

 

         Pero, antes de entrar en el contenido de mi reflexión, me parece pertinente recordar que el estudio de las religiones y de la fe religiosa, a diferencia de lo que ocurre en España, está aceptado y extendido, como sabemos, en el área universitaria anglosajona y alemana. Incluso en Francia, donde se rechazó la presencia de la religión en la escuela pública, sin embargo se ha mantenido el estudio del hecho y de la experiencia religiosa, con todas sus implicaciones y consecuencias, en L’ École des Hautes Études de París, así como en el CNRS (Centre national de la recherche scientifique). Como todos sabemos, la Ilustración criticó severamente la religión y destacó el estudio de saberes como la filosofía, la fenomenología, la psicología, la sociología y la antropología, que se ocuparon ampliamente de la religión desde el siglo XIX. Por eso, sin duda, Francia ha destacado en estos saberes durante los dos últimos siglos, en tanto que en España lo que ha sucedido de facto ha sido la creciente clericalización de la religión, de forma que en nuestro país no existe un espacio  secular o laico y, por tanto, no tenemos en España un espacio que no sea confesional, para el estudio del hecho religioso con la amplitud que implica una perspectiva de totalidad.

 

 

         Pensar al Trascendente desde la inmanencia 

 

         Dicho esto, entro ya en el contenido de mi reflexión. Y empiezo afirmando que, desde mi punto de vista, nunca ha sido fácil hablar de Dios y, por tanto, hablar de teología. Y más difícil, sin duda alguna, es hacer eso en este momento. Sobre todo, si queremos hablar de Dios con la seriedad y la honradez intelectual que siempre nos exige nuestra propia humanidad; y que ponen en evidencia este solemne acto y este histórico centro del saber, la Universidad de Granada. Confieso que esta dificultad me preocupa, no sólo por el motivo ya indicado: hablar de teología, es decir, de un saber confesional, en una institución no confesional, como es el caso de esta Universidad. A ese motivo general, se suma el motivo coyuntural, determinado por el momento que estamos viviendo. Me refiero al momento de crisis de la fe en Dios, de la crisis de la religión, de la crisis de la Iglesia, sobre todo entre las generaciones jóvenes, su decreciente credibilidad social, sus frecuentes discusiones con los poderes públicos por cuestiones relacionadas con el derecho y la ética, como recientemente recordaba en Madrid el profesor Hans Küng, precisamente el día que fue investido doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, cuando Küng hacía mención de las discusiones entre la Iglesia y el Estado  a propósito de la familia, la interrupción del embarazo, la inseminación artificial y otros temas que están en la mente de todos nosotros 1. 

 

         Insisto en que, a mi juicio, es extremadamente difícil hablar de Dios, incluso pronunciar esa palabra cuando se tiene que pronunciar y en el sentido en que se debe decir. Y afirmo que, si esto ha sido siempre así, lo es más en este momento.  ¿Por qué?

 

         Por definición, Dios es el Trascendente. Con lo cual, si es que hablamos del “Trascendente” y de lo “trascendental” en el sentido propio y preciso de aquello que se sitúa más allá de los límites de nuestro conocimiento experimental y demostrable,  al hablar de Dios nos estamos refiriendo a una realidad que no conocemos. Porque “lo trascendente” es aquello que obviamente nos trasciende. Y nos trasciende sobre todo y precisamente en nuestra posibilidad de conocer, es decir, está fuera del campo inmanente de nuestra capacidad de conocimiento.  De ahí que “lo trascendente” es “lo absolutamente otro” en relación a “lo inmanente”, que es el ámbito propio de cuanto está al alcance de nuestra capacidad de conocer.  Desde la inmanencia, sólo podemos pensar, decir y explicar “lo inmanente”. Por eso, cuando las religiones - y en su nombre, los hombres de la religión - nos hablan de Dios, en realidad no hablan, ni pueden hablar, de “Dios en sí”, sino de las “representaciones” de Dios que los humanos nos hacemos. Tales representaciones no pasan de ser “objetivaciones” o “cosificaciones” del Absolutamente Otro, del Trascendente, que es Dios.

 

         Estas representaciones de Dios, por más que se las presente y se las pretenda explicar a partir de teofanías, cratofanías y revelaciones divinas, en realidad no pueden ser sino fenómenos culturales, que, como ocurre frecuentemente en casi todas las culturas, sufren procesos de crisis, de transformación, de cambios profundos; o incluso atraviesan desiertos de soledad y muerte. Crisis de las que, a veces, se rehacen. Y crisis también en las que, en ocasiones, sucumben y mueren. Así ocurrió en el caso de la religión más antigua del mundo, la religión de Mesopotamia; o lo que sucedió con la religión del antiguo  Egipto, por poner sólo dos ejemplos, entre tantos otros, que nos son bien conocidos.

 

         Pues bien, si recuerdo estas cosas, es porque me parece que están en la base de fenómenos culturales y sociales de enorme envergadura, que en nuestro tiempo estamos viviendo y padeciendo. Me refiero - como ya he apuntado antes - al proceso actual de la crisis de la fe en Dios, la crisis de la religión, la crisis de la Iglesia. Y al fenómeno, antiguo y moderno, de la violencia que, como enseguida voy a explicar, entraña profundas conexiones con el hecho religioso.

 

 

         La crisis actual de la fe en Dios 

 

         En cuanto a la crisis actual de la fe en Dios, lo primero que deberíamos tener claro es que semejante crisis no tiene su explicación última, ni normalmente está motivada, por las razones que con frecuencia suelen aducir teólogos, sacerdotes y obispos cuando se refieren a este asunto. Mucha gente no ha dejado de creer en Dios por causa de la degeneración moral y de los pecados, de los que tanto suele hablar el clero. Ni es correcto decir que se ha perdido la fe porque vivimos en una cultura laicista, secularizada y relativista, en la que se han perdido los “valores absolutos” porque los avances incontrolados de la ciencia y la tecnología han desplazado a Dios del centro de la vida. Sin duda, hay personas que, en sus problemas de fe, están influenciadas por todo eso. Y por otras posibles causas que nadie se imagina. Pero - ya digo - el centro del problema no está en nada de eso. Como muy bien ha  escrito recientemente el profesor Juan de Dios Martín Velasco, “la actual crisis de Dios sólo ha podido desencadenarse debido a la forma falseada de presentar a Dios y de vivir la relación con él, que se había extendido por las Iglesias cristianas sobre todo en la época moderna” 2. Mucha gente no ha abandonado su creencia en Dios porque se trata de gente que se ha pervertido, sino porque a la gente se le ha ofrecido una imagen de Dios tan deformada, que Dios, para muchos ciudadanos, resulta inaceptable o incluso insoportable. 

 

         ¿En qué consiste esa forma falseada de presentar a Dios? Dicho de la forma más sencilla posible, consiste “en esa concepción según la cual Dios sería una realidad, un ser; otro en relación con las realidades del mundo y con su totalidad. Otro, sobre todo, en relación con el sujeto humano” 3. Lo que, en definitiva, nos viene a decir que a Dios se le ve, se le piensa, se le entiende, como otro ser, “otra persona”, un “tú”, con el que yo puedo hablar y con el que me puedo relacionar, al que le pido lo que necesito o al que ofendo, como puedo ofender a otro ser humano cualquiera. 

 

         Pero la cosa no para aquí. ¿Por qué la gente piensa en Dios, busca a Dios, cree en Dios? ¿Qué necesidad tenemos de eso que llamamos “lo trascendente”? ¿No sería mejor prescindir del complicado asunto de Dios y de las religiones, para vivir (tranquilamente y sin más problemas añadidos) nuestra limitada condición humana? El hecho es que los seres humanos, desde su oscura y arcana prehistoria, y en nuestra ya larga historia, no hemos prescindido de la búsqueda de Dios. Y no hemos prescindido porque, sin duda, no hemos podido prescindir. Precisamente por causa de nuestras carencias y deseos siempre insatisfechos. Como bien se ha dicho, “la creencia en una deidad está relacionada con una serie de propensiones humanas, especialmente con el deseo de comprender las causas de los hechos, sentir que uno controla su propia vida, la búsqueda de seguridad en la adversidad, una forma de habérselas con el miedo a la muerte, el deseo de establecer relaciones con los demás y otros aspectos de la vida social, así como la búsqueda de un sentido coherente para la vida” 4. 

 

         Por eso - exactamente por eso - sobre ese “Otro”, sobre ese “Tú”, que nos imaginamos que es Dios, hemos proyectado todo aquello que nosotros apetecemos y de lo que carecemos: poderío, sabiduría, duración, bondad, felicidad.... Y así, hemos elaborado la imagen y la teología de  un Dios que lo puede todo, lo sabe todo, lo tiene todo, y es la bondad infinita y la felicidad sin límites. Es el Dios ilimitadamente perfecto frente a nuestra limitada imperfección.

 

         A Dios, así pensado y bien argumentado, le hemos llamado el Infinito, el Absoluto, el Trascendente. Pero, sin duda, no hemos caído en la cuenta de que ese “Otro”, ese “Tú”, ese “objeto” de nuestra mente, es (ante todo) eso: un objeto de nuestra mente. Es decir, un producto de nuestra inmanencia y, por tanto, es una realidad inmanente, por más que pomposamente nos empeñemos en decir que eso es el Trascendente. Somos inmanentes y no podemos salir de nuestra inmanencia.  Por eso, aunque es evidente que, mientras nos atenemos al ámbito propio nuestro, el ámbito de nuestra inmanencia, somos brillantes en las teorías que elaboramos y cada día más eficaces en el progreso de nuestros conocimientos científicos y de nuestras tecnologías, no es menos cierto que, cuando intentamos rebasar el horizonte último de nuestra limitada inmanencia, la “representación del Trascendente” que hemos elaborado, nos ha salido mal. Sencillamente, porque nos ha salido un Dios contradictorio. Y ha resultado contradictorio porque, tal como “de hecho” es este mundo, que (según decimos los teólogos) tiene su origen en la decisión y en el poder de Dios, resulta evidente que se trata de un mundo que no puede haber sido pensado y creado por un ser que es, al mismo tiempo, infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Porque ambas cosas son incompatibles con el mal, el asombroso y aterrador problema de tantos males que padecemos y tenemos que soportar en esta tierra. El profesor Juan Antonio Estrada, en su estudio sobre La imposible teodicea, concluye así su exhaustivo análisis: “En conclusión, la teodicea, en cuanto intento especulativo de justificar  el mal existente y hacerlo racionalmente compatible con el postulado de un Dios bueno y omnipotente, es un fracaso” 5. Y no olvidemos que el fracaso de la teodicea es el fracaso de Dios. O más exactamente, el fracaso de la representación de Dios que nos ha ofrecido la teología al uso. La teología que ha brotado de nuestro discurso racional. O sea, el Dios que es producto de nuestra razón. 

         Pero hay más. Porque ese Dios, que “opera y se hace presente como un ente particular junto a otros” 6, además de contradictorio, es también un Dios peligroso. Con lo cual entro derechamente en otro fenómeno que a todos nos preocupa enormemente y con razón en este momento. Me refiero al fenómeno de la violencia. Y conste que, cuando hablo de violencia, no pienso solamente en la violencia de la muerte y de la guerra. Además de eso, y antes que eso, pienso en la “ambivalencia de lo sagrado” 7. Una ambivalencia que no es solamente de orden psicológico (en la medida en que lo sagrado atrae y repele al mismo tiempo), sino  que se trata también de una ambivalencia de orden axiológico, en cuanto que lo sagrado es, a la vez, “sagrado” y “maculado” 8. De forma que, como ya indicaba Virgilio, sacer significa igualmente “santo” y “maldito” 9. De la misma manera que hagios puede expresar a la vez la noción de “puro” y “manchado” 10 . Justamente lo que a todos nos ocurre con la religión, con la teología y, en definitiva, con Dios. Es decir, lo que nos ocurre con la representación de Dios que hemos elaborado desde nuestra inmanencia.  

 

         Con lo cual desembocamos en la enigmática experiencia del tabú, “esa condición de los objetos, de las acciones o de las personas ‘aisladas’ y ‘prohibidas’ por el peligro que su contacto lleva consigo” (J. G. Frazer) 11. De ahí la violencia de la experiencia religiosa, sentida en forma de amenaza, culpa, mancha, prohibición, renuncia, castigo, sentimientos que rompen la conciencia de la propia dignidad. Es quizá la forma de violencia más refinada que padecen tantas personas en su secreta intimidad. 

 

         Pero no es ésta la peor ambigüedad de la religión. Para mucha gente, Dios es peligroso incluso cuando se nos presenta como fuerza que potencia el universalismo humanitario. Porque ese sentimiento, tan profundamente humano, descansa, no sólo en la identificación con Dios, sino además en la satanización de quienes se oponen a Dios. La violencia religiosa, que puede ir desde el más sutil desprecio hasta la más brutal amenaza contra la vida misma, tiene siempre su origen en el universalismo de la igualdad entre los creyentes, que priva a los no creyentes o a los que tienen otras creencias, de aquello que se les promete a ellos: dignidad e igualdad 12. Y así, nos damos de cara con el lamentable espectáculo de los enfrentamientos, divisiones, conflictos, tensiones, descalificaciones, intolerancias y todas las formas de represión y agresión que las religiones han provocado, en unos casos, han justificado, en otras ocasiones, o han potenciado en todas las contiendas y guerras de religión que en el mundo han sido.

 

         Evidentemente, todo esto ya es grave y preocupante. Pero, en este momento,  nos vemos metidos de lleno en un nuevo ambiente de violencias, motivadas por la religión, y que nunca hasta ahora se habían manifestado con la fuerza que estamos palpando en la situación actual. Se trata, como bien sabemos, de una situación nueva. ¿En qué consiste esta novedad? Si las religiones siempre han ido superando fronteras territoriales infranqueables, y cavando nuevos abismos entre  los creyentes y los no creyentes, ¿cuál es entonces esa novedad? El acercamiento a nivel global, que resulta del entramado de las tecnologías de la comunicación, conduce a que las grandes religiones entren en contacto y se mezclen. Pero eso igualmente conduce a un choque de universalismos, a disputas externas sobre las verdades reveladas, así como sobre los modos que tienen unos y otros de satanizar a los demás. El choque de universalismos significa lo siguiente: estar obligado a justificarse y a reflexionar tanto en la vida íntima como en los deberes públicos, allí donde antes dominaba la absoluta certeza 13. Todos sabemos de las situaciones de malestar y de frecuentes tensiones que esta nueva situación genera, tanto en la convivencia entre personas y grupos religiosos, como en las relaciones de unos y otros con los poderes públicos en todo cuanto afecta a la paz y solidez del tejido social. Si la violencia de la religión ha sido un problema de siglos y de  tan graves consecuencias, en este momento (y en el futuro) ese problema se acentúa abriendo siempre frentes nuevos de conflictividad. 

 

 

         La fe en Dios como saber y como convicción

 

         Pues bien, llegados a esta conclusión capital, la teología, si pretende ser honesta y coherente, se ve obligada a afrontar la cuestión más apremiante: ¿tiene solución y salida el Dios contradictorio y violento al que, no obstante la enorme carga de contradicción y de conflictividad que lleva en sí mismo, nos hemos acostumbrado, lo soportamos y hasta abundan quienes aseguran que lo necesitan y lo aman?  Así las cosas, y por más sorprendente que pueda parecer, mi punto de vista es que “lo central de la actual situación religiosa es la convicción de que un Dios, que parecía formar parte de las evidencias naturales con las que se contaba, ha pasado a tal grado de no-evidencia que, no sólo el mundo y la realidad en su conjunto pueden explicarse sin él, sino que ha pasado a ser visto teórica y prácticamente como imposible” 14. 

 

         Pero, ¡Atención!, aquí debo hacer una advertencia que me parece determinante. El problema de Dios no radica ni en su trascendencia, ni por tanto en que Dios es el Trascendente. Si Dios no fuera el Trascendente, no sería Dios. Sería un “objeto” más, producto de nuestra inmanencia, un producto más de nuestro conocimiento. Por eso insisto en que el problema no radica en el Trascendente, sino en las representaciones del Trascendente que nosotros nos hacemos, las que nos hemos hecho a lo largo de la historia; y las que nos seguimos haciendo en este momento.  El problema de Dios no está, ni puede estar, en creer en lo incognoscible, en lo indemostrable, incluso en lo absurdo. Una relación con Dios, que se plantea desde semejante presupuesto, es una relación llamada inevitablemente al fracaso. En este sentido, y si pensamos en la fe sólo como creencia (conjunto de saberes que afirmamos y defendemos racionalmente), se puede afirmar que, “desde el punto de vista filosófico o psicológico, la fe no es ninguna virtud, sino un vicio, no constituye excelencia alguna, sino un defecto, un fallo del aparato cognitivo. Creer lo que no podemos ver ni comprender ni demostrar, creer lo absurdo, creer lo increíble, es más bien una patología mental que una virtud o excelencia que merezca recompensa alguna” 15 . Afirmaciones de este talante no nos tendrían que inquietar y, menos aún, escandalizar. Porque, insisto, una cosa es la fe como creencia, y otra cosa es la fe como convicción personal que se traduce en formas de conducta y en hábitos de comportamiento, como enseguida voy a explicar. En todo caso, pienso que es necesario tener el coraje de afrontar, con libertad y honestidad, el planteamiento de Mosterín, para intentar así - si ello es posible - depurar el significado y el planteamiento que debemos darle, en este momento, al hecho religioso en profundidad. Es decir, depurar el significado que tendríamos que darle a nuestra posible relación con Dios.

 

         Para que la relación con Dios pueda tener sentido (ahora sobre todo), y pueda ser acogida por las gentes de nuestro tiempo, ha de ser una relación fundamentada no en creencias centradas en la metafísica del “ser”, sino una relación que se centra y consiste en la praxis histórica que se realiza en el “acontecer”. Si las “representaciones” del “Trascendente” y, por tanto, las religiones son siempre acontecimientos culturales, no olvidemos que nosotros somos hijos de la cultura de Occidente. Y no olvidemos tampoco que, en esta cultura nuestra, han dejado su marca las tradiciones de la Biblia. Pues bien, cualquiera que tome la Biblia en sus manos, lo que descubre en ella no son especulaciones sobre el ser de Dios extraídas de la metafísica, sino relatos del acontecer extraídos de la historia. Y es en esos relatos, siempre vinculados a la conducta, al comportamiento humano, en los que descubrimos a Dios y en los que podemos encontrar la representación del Trascendente. Tiene razón Bernhard Welte cuando nos ha hecho notar que a la  revelación bíblica no le interesa “lo que es” (was ist) Dios, sino “lo que sucede” (was geschah) cuándo (y dónde) actúa Dios 16.

 

         Por esto, sin duda, el judaísmo no centró su relación con Dios en la fe, sino en la praxis, en la acción, en la conducta, en el cumplimiento de la Torá. De ahí que, con toda razón, se ha dicho que, cuando en la literatura rabínica se utiliza el concepto de “hombre de fe”, lo que se quiere expresar es un determinado comportamiento, la conducta ejemplar que hay que vivir. En otras palabras, se trata de la fidelidad que se realiza y se expresa en la práctica de la justicia 17.

 

         En definitiva, la exactitud y corrección de nuestra relación con Dios no consiste en la exactitud y corrección de nuestras ideas religiosas, sino en la exactitud y corrección de nuestra conducta. O, dicho con otras palabras: la relación del ser humano con Dios no se verifica mediante la fe, sino mediante la ética. No se juega en el ámbito de la creencia, sino en el ámbito de la conducta. Con lo que llegamos a la cuestión capital: ¿de qué conducta se trata?

 

        

 

         Ni contra la razón, ni con la sola razón

 

         Para responder a esta pregunta, empiezo con una afirmación que me parece enteramente necesaria, por más que pueda parecer, a algunas personas, quizá atrevida. Decididamente, tenemos que pensar a Dios de otra manera. Lo que equivale a afirmar que es necesario modificar nuestra idea de Dios y nuestra representación de Dios. Si tomamos en serio la trascendencia de Dios - amplío lo que ya he dicho sobre este punto capital -, eso nos viene a indicar que Dios no es un ser supremo, que está “más allá y por encima del mundo, que viene del exterior a hablar y actuar en el mundo”. No nos queda más remedio que aceptar que Dios es, a la vez, “totalmente otro” y es igualmente “no otro”. De forma que “precisamente por ser radicalmente trascendente al mundo que sostiene en el ser”, por eso Dios “es radicalmente inmanente”. Por tanto, Dios se nos revela, se nos da a conocer, “desde el interior mismo del mundo, de la historia y de las libertades humanas” 18. Nunca deberíamos olvidar que la inmanencia no tiene acceso a la trascendencia. Es decir, desde la inmanencia, siempre estamos en la inmanencia. Y eso significa que nuestras representaciones del Trascendente no son sino representaciones inmanentes que nunca rompen o salen fuera de lo que nos es inmanente, no salen de nuestra propia humanidad.  

 

         ¿Quiere decir esto que el tema de Dios es un tema condenado inevitablemente al fracaso? ¿Estamos, por tanto, al hablar de Dios, metidos en un callejón sin salida? Ya he dicho que, si nos atenemos a lo que puede dar de sí la sola razón, por ese camino desembocamos derechamente en una contradicción insalvable. Creo que en eso ha consistido la inmensa limitación que siempre ha arrastrado la especulación escolástica, tan profundamente marcada (y condicionada) por la metafísica griega. Pero también ocurre - y pienso que aquí tocamos una cuestión capital en este discurso - que el ser humano no actúa, ni sólo ni principalmente, desde lo que le aporta o le puede aportar el discurso racional. “No debemos” actuar nunca contra la propia razón. Pero, más cierto que eso es que “no podemos” actuar si nos limitamos a  la sola razón. Sobre todo, cuando afrontamos el problema de nuestra relación con Dios. En este orden de cosas, me parece programática la sincera y lúcida confesión de Kant cuando, en el Prólogo a la segunda edición de la Crítica de la razón pura, afirma: “Debí abandonar el saber a fin de hacer lugar para la fe” 19. 

 

         Nunca insistiremos bastante en la fuerza determinante de esta sinceridad confesional de Kant. Las ciencias humanas nos han enseñado hasta la saciedad que los saberes y los comportamientos de los seres humanos están, desde su raíz, condicionados y determinados, no sólo por contenidos mentales, que expresamos mediante signos, sino sobre todo por experiencias (con sentido de totalidad), que comunicamos mediante símbolos. Por esto, ni la ciencia, ni los conocimientos que nos apasionan, ni las relaciones humanas, ni (menos aún) las convicciones, que dan sentido a nuestra vida, nada de eso está determinado solamente por razones y verdades, sino sobre todo por experiencias y símbolos. 

 

         Por esto se comprende la gran paradoja que consiste en que, no obstante la contradicción racional que entraña el problema de Dios, las creencias religiosas movilizan en el ser humano la fuerza de experiencias y de símbolos mediante los que tales experiencias se expresan. Símbolos que son, según la certera formulación de Paul Ricoeur, los “centinelas del horizonte” último de nuestra inmanencia. Y símbolos también por los que sabemos y experimentamos que el Trascendente se nos hace presente en nuestra inmanencia. 

 

 

         El centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús

        

         Esto supuesto, nos planteamos la pregunta que más directamente nos interesa aquí: ¿cómo ha resuelto nuestra tradición religiosa (la tradición cristiana)  la dificultad que constituye la convicción según la cual el Trascendente se nos hace presente en nuestra inmanencia? En otras palabras: ¿qué nos aporta la fe cristiana para resolver el problema de nuestra relación con Dios; y el problema también de nuestra relación con el ser humano?

 

         El centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús. Me refiero al Jesús terreno, el que nació, vivió y murió en la Palestina del siglo primero. Y digo que aquel hombre, aquel ser humano, es el centro del cristianismo porque en él se nos ha revelado Dios, se nos ha dado a conocer, se nos ha comunicado y entregado Dios. De forma que, en Jesús, Dios ha entrado en nuestra inmanencia y se ha unido a la condición humana. Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y sólo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios. Lo que la teología cristiana afirma cuando habla del misterio de la encarnación de Dios en Jesús, representa, entre otras cosas y fundamentalmente, el acontecimiento de la humanización de Dios, tal como se realizó y se vivió en aquel ser humano que fue Jesús de Nazaret.  

 

         Tengo el convencimiento de que la teología cristiana no ha reflexionado suficientemente, ni ha extraído las debidas consecuencias, del planteamiento fundamental que acabo de hacer. Quienes nos interesamos por el hecho religioso nunca deberíamos olvidar que, en cualquier religión, sus creencias, sus normas, sus prácticas rituales, su sistema organizativo, todo en definitiva, depende últimamente del Dios en el que esa religión cree.

 

         Ahora bien, empezando por lo primero, no olvidemos que el cristianismo tiene sus raíces en el judaísmo. Jesús fue un judío, que creyó en el Dios de Israel, por más que - como explicaré - él llevó a cabo seguramente el cambio más asombroso que se ha producido en la historia de las tradiciones religiosas de la  humanidad. Pero, aun siendo esto muy verdadero, tengo presente que Yahvé se ofreció a Israel en la práctica diaria de la vida. Lo que supone, para las comunidades eclesiales, judías y cristianas, como bien ha hecho notar Walter Bruegemann, que las disciplinas y prácticas cotidianas de la comunidad son, de hecho, actividades teológicas, pues son los modos y los ámbitos en que pueden nutrirse el discurso y los gestos que tienen que ver con Yahvé. Lo que nos lleva derechamente a la siguiente conclusión fundamental: “la praxis diaria visible y disponible, constituida y llevada a cabo humanamente, desarrolla los vínculos definitorios entre Yahvé e Israel” 20. No es, pues, en la verdad teórica o metafísica, ni en el espacio separado y privilegiado del culto ceremonial, donde se produce el más profundo y auténtico encuentro con el Dios de Israel y el Dios de Jesús. Es en lo cotidiano de la vida, en lo sencillo y hasta en lo vulgar, realizado humanamente y en las circunstancias de nuestra condición humana, donde - ya desde la experiencia religiosa que asimiló aquel judío singular que fue Jesús - encontramos a Dios y podemos relacionarnos con él. 

 

         Pero, al decir esto, estamos todavía en nuestras raíces, en los orígenes o, si se quiere, en el punto de partida. En el gran relato de los evangelios, encontramos lo que Jesús mismo calificó como la “plenitud” (pleróo): “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas. No vine para abolir, sino para llevar a  plenitud” (Mt 5, 17). El Evangelio no es sólo el “cumplimiento” de la Torá 21. Es su “plenitud”, que consiste en “una praxis en el mundo” 22. Pero, a mi modo de ver, esta “praxis” se interpretaría mal si se redujera a unas determinadas observancias o al cumplimiento de unos preceptos. Se trata de algo indeciblemente más hondo y que entraña un alcance de totalidad. ¿Qué quiero decir con esto?

 

         Quiero decir tres cosas, que están claramente afirmadas en tres tradiciones distintas del Nuevo Testamento: la tradición de Pablo de Tarso, la tradición del evangelio de Juan y la tradición del evangelio de Mateo. En estas tradiciones se afirma: 1) Que el Dios de Jesús es un Dios que se vacía de sí mismo. 2) Que el Dios de Jesús es un Dios que se ha humanizado. 3) Que el Dios de Jesús es un Dios al que se le encuentra en cada ser humano.

 

         1) Dios se vacía de sí mismo

         He afirmado que Jesús es la encarnación de Dios. He dicho, además, que, por eso mismo, Jesús es la humanización de Dios. Lo cual quiere decir - siguiendo la sorprendente

"Lo importante no es la religión, sino Dios, al que sólo podemos encontrar en nuestra humanidad" por

Publicado el 14-05-2011
por MORERA, Juan
Puntuación:

Vota:

1186 ↓

"Lo importante no es la religión, sino Dios, al que sólo podemos encontrar en nuestra humanidad""Dios se ha fundido con lo humano, y lo encontramos en lo laico, en lo secular, en lo que nos une"

Un Dios contradictorio, porque el poder sin límites y la bondad sin límites no son compatibles con el mal que hay en el mundo. Y un Dios peligroso, porque todo Dios monoteísta es, por eso mismo, un Dios excluyente (José María Castillo*, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada).- Excmo. Sr. Rector Magnífico de la Universidad de Granada; Excmos. Srs. Vicerrectores/as,; Ilmos. Srs. Decanos/as,; Claustro de Doctores y Profesores/as; Autoridades; Amigos/as,

Quiero, ante todo, expresar mi sincero agradecimiento a la Universidad de Granada por el doctorado honoris causa que me ha concedido, a propuesta del Excmo. Sr. Rector Magnífico de esta Universidad, Doctor Francisco González Lodeiro. También deseo manifestar mi reconocimiento al Centro Mediterráneo, de nuestra Universidad, por la oportunidad que me ha ofrecido de poder colaborar, durante años, en los cursos de reflexión y difusión cultural que el citado Centro viene ofreciendo a la Universidad y a la ciudadanía en general. En este contexto, agradezco concretamente al profesor Juan Francisco García Casanova la Laudatio que ha hecho para justificar debidamente la iniciativa del Rector de nuestra Universidad.

Hablar de Dios en la Universidad

Como es sabido, en virtud del conocido genéricamente como "Decreto de Libertad de Enseñanza", del 21 de octubre de 1868, las Facultades de Teología fueron abolidas y, en consecuencia, excluidas de la enseñanza universitaria en España. A partir de entonces, obviamente, no ha sido un hecho normal, en la Universidad de nuestro país, la concesión de un doctorado honoris causa en Teología. Esto no quiere decir que el hecho religioso, y los saberes asociados a él, hayan estado ausentes de nuestras universidades. El fenómeno religioso, como todos sabemos, siempre ha estado (y sigue estando) presente en el tejido social de España y ha sido objeto de estudio en la enseñanza universitaria desde no pocos puntos de vista: la cultura, la historia, la política, la filosofía, la sociología, el arte, la psicología y tantos otros saberes que quedan inevitablemente incompletos si de ellos arrancamos la dimensión religiosa que siempre, de una forma o de otra, ha estado presente en la experiencia humana y en la convivencia social.

Pero ocurre que, en este caso, el doctorado se le concede a un teólogo. Con lo cual - prescindiendo de otras consideraciones -, estamos ante un hecho nuevo en nuestra Universidad. No se trata del honor que se le dispensa a un profesor que ha dedicado su vida al estudio de determinados saberes asociados al hecho religioso. Sino que estamos ante la distinción que esta Universidad le hace a un teólogo, es decir, a un hombre que ha intentado dedicar su vida al estudio, no ya de ciertos conocimientos relacionados con la religión, sino al estudio y la explicación de aquello que es el centro mismo de la religión y de la experiencia religiosa: Dios, la fe en Dios, la experiencia de Dios, la creencia religiosa como tal. Porque eso, y no otra cosa, es la teología en sentido propio.

Pues bien, esto supuesto, yo me planteo, desde el primer momento y sin ningún subterfugio ante Ustedes, la pregunta que debe servir de umbral a la resumida reflexión que pretendo presentar: ¿qué sentido tiene (o puede tener) la presencia de la teología, y la concesión de una dignidad singular a un teólogo, en una Universidad no confesional y, por tanto, laica? Esta pregunta, como acabo de apuntar, me va a servir como punto de partida de las consideraciones que expondré a continuación.

Pero, antes de entrar en el contenido de mi reflexión, me parece pertinente recordar que el estudio de las religiones y de la fe religiosa, a diferencia de lo que ocurre en España, está aceptado y extendido, como sabemos, en el área universitaria anglosajona y alemana. Incluso en Francia, donde se rechazó la presencia de la religión en la escuela pública, sin embargo se ha mantenido el estudio del hecho y de la experiencia religiosa, con todas sus implicaciones y consecuencias, en L' École des Hautes Études de París, así como en el CNRS (Centre national de la recherche scientiphique). Como todos sabemos, la Ilustración criticó severamente la religión y destacó el estudio de saberes como la filosofía, la fenomenología, la psicología, la sociología y la antropología, que se ocuparon ampliamente de la religión desde el s. XIX. Por eso, sin duda, Francia ha destacado en estos saberes, durante los últimos siglos, en tanto que en España lo que se ha producido ha sido la creciente clericalización de la religión, de forma que en nuestro país no existe un espacio secular o laico, es decir, no tenemos en España un espacio que no sea confesional, para el estudio del hecho religioso con la amplitud que implica una perspectiva de totalidad.

Pensar al Trascendente desde la inmanencia

Dicho esto - y dado que no es posible, en el tiempo de que disponemos, leer el texto completo que Vds tienen ya impreso -, me limito a indicar la cuestión que me parece central en la reflexión que les propongo. Mi pensamiento se centra hoy en una pregunta: ¿cómo podemos pensar en Dios y hablar de Dios en una Universidad no confesional?

Para responder a esta cuestión, lo primero (desde mi punto de vista) ha de ser tener muy claro que, por definición, Dios es el Trascendente. Al decir esto, estamos afirmando que Dios está más allá de los límites de nuestro conocimiento experimental y demostrable. Es decir, cuando hablamos de Dios, en realidad nos estamos refiriendo a una realidad que no conocemos. Por eso, cuando las religiones nos hablan de Dios, realmente no hablan, ni pueden hablar, de Dios en sí, sino que nos hablan de las representaciones de Dios que los humanos nos hacemos. Porque, desde nuestra inmanencia, todo cuanto podemos pensar y decir es siempre inmanente. Nunca puede ser lo trascendente.

De ahí que la representación de Dios, que nos hemos hecho, es inevitablemente proyectiva. Es decir, nuestra representación de Dios es una proyección de nuestros anhelos más fuertes: el poder, la bondad, la felicidad.... Y así, nos ha salido un Dios infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Pero, al hacer eso, no hemos caído en la cuenta de que el resultado ha sido un Dios contradictorio y un Dios peligroso. Un Dios contradictorio, porque el poder sin límites y la bondad sin límites no son compatibles con el mal que hay en el mundo (si es que Dios tiene que ver algo con este mundo). Y un Dios peligroso, porque todo Dios monoteísta es, por eso mismo, un Dios excluyente. De ahí que, inevitablemente, es también un Dios violento.

¿Quiere esto decir que el Dios, que nos hemos representado los humanos, es un Dios condenado inevitablemente al fracaso? Si nos atenemos a lo que puede dar de sí la sola razón, por ese camino desembocamos en una contradicción insalvable. Pero sabemos que el ser humano no actúa, ni sólo ni principalmente, desde lo que nos aporta el discurso racional. Lo más determinante en nuestras vidas no son las verdades, que brotan de contenidos mentales. Lo más determinante son las convicciones, que se traducen en formas de conducta y en hábitos de vida.

Esto supuesto, la afirmación capital de mi reflexión se centra en que, según la tradición cristiana, el Trascendente se nos hace presente en nuestra inmanencia. Esto es, en definitiva, lo que representa y lo que significa Jesús de Nazaret. Cuando la teología afirma que Jesús es la encarnación de Dios, lo que en realidad está diciendo es que Jesús es la humanización de Dios. Por eso el "Señor de la Gloria", tal como se humanizó en Jesús, pudo decir y dejó como sentencia la afirmación decisiva: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 31-46). En esa sentencia definitiva, ya no se tendrá en cuenta ni la fe, ni la religión. Sólo quedará en pie lo humano, lo que cada ser humano haya hecho con los demás seres humanos.

La consecuencia que, en sana lógica, se sigue de lo que acabo de decir es que el proyecto cristiano no puede ser un proyecto religioso o sagrado de divinización, sino un proyecto profano y laico de humanización. Dios no se encarnó en lo sagrado y sus privilegios, ni en lo religioso y sus poderes. Dios se ha fundido con lo humano. Por tanto, a Dios lo encontramos, ante todo, en lo profano, en lo laico, en lo secular, en lo que es común a todos los humanos y lo que nos une a los demás seres humanos, sean cuales sean sus creencias y sus tradiciones religiosas. Porque lo determinante, para encontrar a Dios, no es la fe, sino la ética, que se traduce en respeto, tolerancia, estima y misericordia.

El futuro de la Iglesia y de la teología

Para terminar, quiero destacar que, a mi manera de ver, la Iglesia tendrá futuro y la teología podrá pervivir en la medida en que ambas - Iglesia y teología - sean capaces de tomar un rumbo distinto al que han venido siguiendo hasta ahora. Durante siglos, la teología se vio a sí misma como la "regina scientiarum", el centro de todos los saberes y el poder normativo para todas las conductas. Hoy, esta posición preponderante de la Iglesia y su teología se ha hecho insostenible. Porque ha perdido su falsa consistencia. El progreso de la ciencia y el avance incontenible de las tecnologías van poniendo a las religiones en su sitio. Como sabemos, las religiones se resisten al cambio y, con frecuencia, se quedan atascadas en la fidelidad a tradiciones de un pasado que ya nunca va a ser determinante en la vida de los individuos y de los pueblos. De ahí, el desajuste creciente entre teología y ciencia, entre teología y sociedad.

Con frecuencia, este desajuste se pretende explicar por causa de la prepotencia y el afán de mando de los dirigentes de las religiones. Sin duda, eso puede tener una determinada influencia en la actual crisis religiosa. Pero el fondo de la cuestión - según creo - no está en eso. Es la teoría sobre Dios lo que falla. Y por eso, de una equivocada teoría sobre Dios (y sobre dónde y cómo encontrar a Dios), se suelen deducir consecuencias desastrosas, sobre todo, para las personas, para las instituciones y para la sociedad. Por lo general, es mucha la gente que se imagina que encuentra a Dios en un "Tú" trascendente, que se nos impone desde un poder inapelable. Pero, insisto, en que esa "representación de Dios" es la que está en la base y es la explicación de la actual crisis de la fe, la crisis de la religión y la crisis de la Iglesia. Porque quien cree en semejante "Dios" y pretende representarlo o hablar en su nombre, lo que hace en realidad es ir contracorriente.

Porque cada día es más escaso el número de personas que se atreven a seguir creyendo en ese Dios contradictorio y peligroso. Por eso he insistido en que a Dios sólo podemos encontrarlo en nuestra inmanencia, en lo laico, en lo secular, en lo civil, en lo humano. No excluyo la importancia que tiene, para el homo religiosus, la oración, la alabanza, la celebración sacramental y simbólica de las propias convicciones religiosas. En este orden de "mediaciones", cada religión debe ser fiel a su propia historia, a sus costumbres y a sus prácticas. Con tal que todo eso no fomente la exclusión de los demás, la separación de los pueblos y culturas, la intolerancia y el fanatismo. Porque lo importante no es la religión, sino Dios, al que sólo podemos encontrar en nuestra inmanencia y en nuestra humanidad.

Pues bien, si tal es el concepto y la experiencia de Dios, la teología, en cuanto saber que se ocupa del tema de ese Dios al que encontramos en lo verdaderamente humano - si es que la teología debe seguir existiendo en el futuro -, tendrá que ser, antes que un saber superior que enseña a los demás saberes, deberá ser un sujeto humilde y modesto que siempre tendrá que presentarse, desde esa humildad y modestia, como un saber que aprende de los demás saberes lo que necesita asimilar de ellos para conocer mejor lo humano, para interpretar desde las ciencias humanas el significado y las consecuencias que puede tener (y ha de tener) la presencia del Dios humanizado entre los seres humanos. Porque es en lo humano, y solamente en lo inmanente y humano, donde los humanos podemos encontrar a Dios.

No le faltaba razón a Karl Rahner cuando dijo que: "si tiene que seguir existiendo todavía la teología en el futuro, ésta no será ciertamente una teología que se instala sencillamente y a priori "junto a" o "por encima de" el mundo secular o el mundo laico... Hay, pues, que decir que la ansiosa pregunta de los teólogos sobre el futuro de la teología no puede recibir sino la respuesta afirmativa que exige una sola condición: la aptitud de la teología para hablar de Dios en un mundo secular". Y hoy, sesenta años después del día en que Rahner dijo estas cosas, los cambios acelerados de las últimas décadas nos empujan a tener que afirmar, con libertad y audacia, que, de aquí en adelante, solamente tendrá sentido y futuro la teología que sea capaz de aportar algún sentido a la vida. Y así, potenciar la mejor respuesta que podemos dar a nuestros anhelos de humanidad. Quiero decir, los anhelos que buscan una forma de vida que, por ser más plenamente humana, por eso sea también más plenamente feliz.

¡Muchas gracias!


 El presente es el extracto que leyó José María Castillo durante la entrega del Doctorado Honoris Causa.

OBISPO DEFIENDE SACERDOCIO FEMENINO Y VALIDEZ ORDENACIONES ANGLICANAS Y LUTERANAS Y ORDENAR A CASADO

Publicado el 02-05-2011
por MORERA, Juan
Puntuación:

Vota:

1209 ↓

Morris también es partidario de ordenar a casados,Religiondigital.com

Obispo australiano acusa a Vaticano de jubilarle por defender el sacerdocio de la mujer
Pide reconocer la validez de las órdenes anglicanas y luteranasDatos de mapa ©2011 - Términos de usoRedacción, 02 de mayo de 2011 a las 07:57

 
William Morris, obispo de Toowoomba (Queensland)

 Está previsto que el Vaticano emita esta tarde un comunicado oficial sobre el asunto de Morris Un obispo australiano acusa al Vaticano de su separación de la Iglesia Católica por defender la ordenación de mujeres y hombres casados como sacerdotes, informaron hoy los medios locales. El prelado de Toowoomba (Queensland), William Morris, denuncia en una carta que su jubilación anticipada se debe a que el Papa Benedicto XVI decidió que sus fieles estarían mejor "bajo el liderazgo de un nuevo obispo", según el diario "The Australian".

Los obispos se retiran, generalmente, a los 75 años, pero Morris -quien ha estado al frente de esta diócesis casi 900 kilómetros al norte de Sídney durante casi dos décadas- sólo tiene 67.

En su misiva, leída esta fin de semana en los servicios religiosos de Toowoomba, el prelado dijo que la decisión del Vaticano responde a un mensaje pastoral que publicó en 2006 y provocó una investigación interna dentro de la Iglesia.

Morris se pronunció en ese polémico texto a favor de ordenar como sacerdotes a mujeres y a hombres casados, así como reconocer la validez de las órdenes anglicanas y luteranas, entre otras propuestas, aunque cree que su opinión ha sido malinterpretada.

ATEÍSMO MILITANTE, por Frei Betto

Publicado el 11-11-2010
por MORERA, Juan
Puntuación:

Vota:

1340 ↓
ATEÍSMO MILITANTE

 ¿Qué entiendo por “ateísmo militante”? Es el que se aferra al derecho de pregonar que Jesús es un embuste o Mahoma un farsante. Todos tienen derecho a no creer en Dios y a manifestar esa forma negativa de fe. Pero no a irrespetar la creencia de los cristianos, musulmanes, judíos, indígenas o ateos.

 La tolerancia y la libertad religiosa exigen que se respeten la creencia o la increencia de cada persona. Por tanto defiendo el derecho al ateísmo y al agnosticismo. Mi dificultad reside en aceptar cualquier especie de fundamentalismo, sea religioso o ateo.

Soy contrario a la confesionalidad del Estado, sea él católico, como el Vaticano; judío, como Israel; islámico, como Arabia Saudita; o ateo, como la ex Unión Soviética. El Estado debe ser laico, fundado sobre principios constitucionales y no religiosos.

 No hay prueba científica de la existencia o inexistencia de Dios, recordó el físico Marcelo Gleiser en el encuentro en que preparamos el libro “Conversación sobre Ciencia y Fe” (título provisional) que la Editorial Agir publicará en los próximos meses. Gleiser es agnóstico.

 Así como no tengo derecho a considerar a alguien ignorante por ser ateo, nadie puede despreciar o agredir la creencia religiosa de otros. Por eso defiendo el derecho al ateísmo pero me niego a aceptar el ateísmo militante.

 Abogar por el fin de la enseñanza religiosa en las escuelas, la retirada de los crucifijos de los lugares públicos o del nombre de Dios en la Constitución, y cosas parecidas, no tiene nada de ateísmo militante. Eso es laicismo militante, que merece mi comprensión y respeto.

 El Dios en el que creo es el de Jesucristo, según explicito en la novela “Un hombre llamado Jesús”. Es el Dios que quiere ser amado y servido en aquellos que fueron creados (hombres y mujeres) “a su imagen y semejanza”.

No concibo una creencia abstracta en Dios. No doy culto a un concepto teológico. Ni me molesto ante los dioses negados por Marx, Saramago y la Asociación Nacional de Ateos y Agnósticos. También niego los dioses del capital, de la opresión y de la Inquisición. El principio básico de la fe cristiana afirma que el Dios de Jesús es reconocido en el prójimo. Quien ama al prójimo ama a Dios, aunque no crea. Sin embargo la frase inversa no es verdadera.

 Ateísmo militante es, pues, profanar el templo vivo de Dios: el ser humano. Eso es lo que practican los torturadores, los opresores, los inquisidores y pedófilos de la Iglesia Católica. Siempre que un ser humano es sometido a sevicias y violado en su dignidad y en sus derechos, el templo de Dios es profanado.

 Prefiero un ateo que ama al prójimo a un devoto que lo oprime. No creo en el dios de los torturadores y de los protocolos oficiales, ni en el dios de los anuncios comerciales y de los fundamentalistas obcecados; ni en el dios de los amos de esclavos y de los cardenales que alaban a los dueños del capital. En ese sentido también yo soy ateo.

Creo en el Dios liberado del Vaticano y de todas las religiones existentes y por existir. El Dios que precede a todos los bautismos, que preexiste a los sacramentos y desborda todas las doctrinas religiosas.

 Libre de los teólogos, se derrama gratuitamente en el corazón de todos, creyentes y ateos, buenos y malos, de los que se creen salvados y de los que se creen hijos de la perdición, así como de los que son indiferentes a los abismos misteriosos de posmuerte.

 Creo en el Dios que no tiene religión, creador del Universo, dador de la vida y de la fe, presente en plenitud en la naturaleza y en los seres humanos.

 Creo en el Dios de la fe de Jesús, Dios que se hace niño en el vientre vacío de la mendiga y se acuesta en la red para descansar de los desmanes del mundo. Dios del arca de Noé, de los caballos de fuego de Elías, de la ballena de Jonás.

 Dios que sobrepasa nuestra fe, disiente de nuestros juicios y se ríe de nuestras pretensiones; se enfada con nuestros sermones moralistas y se divierte cuando por desesperación proferimos blasfemias.

 Creo en el Dios de Jesús. Su nombre es Amor; su imagen el prójimo.

 Frei Betto
Adital

 

Mostrar:

Radio on-line

AvmRadio Religiosa
FUERA DE LÍNIA

 

Si no puedes escuchar nuestra radio online descarga la última versión de Adobe Flash Player

Emisiones en directo

Unicamente se trasmiten, en vivo y en directo, los programas que se
anuncian previamente

Pueden conectar  emisora  On Line. Los programas que se van grabando aparecerán en la sección correspondiente de la web como archivos mp3

Pueden enviar sus preguntas o comentarios por jmorera@avmradio.org

Pueden crear su propia emisora seleccionando los programas
contenidos en esta web que deseen sintonizar

Todas las horas son de España

Gracias Espais Interactius!

Gracias a Espais Interactius s.XXI por hacer realidad nuestro proyecto, y dar voz a todos los que no la tienen

Espais Interactius s.XXI

VITAS CLUSTRMAPS