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ADOLFO CARRETO
HERNÁNDEZ
e.p.d.
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A TÍTULO PÓSTUMO
QUE SE MUERAN LOS FEOS,
DE HAMBRE
Adolfo Carreto Hernández

Han puesto en
Nueva York a desfilar a los perritos, es un decir. Estos perritos neoyorkinos, por lo trajeados, son incapaces de pasarela
propia, de ahí que tengan que ir acostados en el regazo de la modelo para
modelarse a sí mismos. Ahora todos nos hemos convertido en defensores de los
derechos de los animales, es decir, en construir para ellos una nueva industria
que no los favorece. Las industrias nuevas nunca son para favorecer a los
animales, eso ya se sabe, sino a los defensores del derecho a la explotación de
los animales.
Andan los famosos del negocio inventándose
derechos extra humanos para beneficiarse a sí mismos. Andan los famosos
inventándose paternidad y alquilando muchachitos desnutridos por todo el mundo
a los que pasearán por las pasarelas de los periódicos comprando exclusivas.
Andan los humanos que no tienen tiempo para andar en otras cosas, exhibiéndose
a sí mismos bajo la aureola de la caridad y la buena inversión de sus haberes.
Y aquí, en Nueva York, han tomado en sus regazos a los perros convertidos en
mascotas para que los flashes puedan
sacarles una sonrisa.
Pero no. Estos perros no ríen. Estos son
perros esclavizados en el regazo temporal de una modelo, a la que pagan para
que veamos la nueva indumentaria canina.
Yo siempre vi a los perros vestidos al
natural, en casa de mi abuelo, en casa de mis tíos y en la mía propia. Andaban
a su aire campestre y cuando querían caminar no se despegaban de mis pasos.
Nunca se me ocurrió adornarlos con una bufanda. Eso sí, mi mano muchas veces
acarició su lomo, y sentí cómo lo agradecían. Y cuando llegaba el momento, se
recostaban a los pies, no sumisos, no obedientes, sino para hacerme y hacerse
compañía.
Ahora veo a estos perros, que no son
perros sino mascotas, en los brazos de la modelo, sin la libertad de poder
corretear ellos por la pasarela.
Nueva York, con este invento mercantil, ha
matado a mis perros infantiles. Los han disfrazado de lo que no son. Les han
privado de la sonrisa, no hay más que verlos. Les han pintado los labios si son
hembras, y les han ocultado la identidad si son machos. Vistiéndolos, los han
desvestido.
Ya no son animales a su aire. Han querido
humanizarlos, qué barbaridad, lo que resulta contra natura. Les han redactado
derechos robándoles los derechos que ya tenían. Los han enjaulado en casas
alfombradas, cuando el perro, al natural, sabe muy bien qué sitio le pertenece.
Y, fíjense por dónde: a mí, que tanto me
gustan los perros, éstos de la pasarela se me antojan horribles. Cuando yo era
chico y mi abuela me mandaba al recado, me decía: anda, que te acompaña el
perro. El perro era mi salvoconducto, mi protector. Ahora ya no lo tengo porque
ando por el mundo como sobre una pasarela neoyorkina,
a punto de desequilibrarme.
Adolfo Carreto y Hernández

Tengo que
decirlo: Sarkosy, el presidente francés, no me cae. Y, la verdad, no sé por
qué. Los presidentes, aun aquellos que son elegidos en buena lid y llegan a la
silla por obra y gracia del voto de la mayoría, terminan no cayendo. Y aquellos
que llegan a la silla sin votos, o con los votos camuflados, menos. He llegado
a la conclusión de que soy alérgico a todos los que alcanzan un pedestal para
querer eternizarse en él, o para pretender ser eternos mientras duren en el
cargo. No es el hombre público, o la mujer pública, los que terminan en un
rincón apartado de mi sentimiento, sino la prepotencia con la que se revisten,
el traje que se enfundan en el momento de la toma del poder e incluso antes.
Para matizar: se trata del poder indiscriminado lo que no me va.
Hoy en día, según el dogma político, los
presidentes que no son nuestros terminan siendo, a pesar de que no les hayamos
dado nuestro aval electoral. Digo que terminan siendo nuestros pues influyen en
nuestra existencia como si lo fueran Díganme los presidentes norteamericanos,
del signo que sean. Díganme Putin, el ruso, que ha querido exportar su política
más allá de su entorno. Díganme el venezolano Chávez, empeñado en hacer de
Latinoamérica y alrededores, por la gracia de su revolución petrodolarera, su
feudo. Se tata de personajes que han hecho de su fuerza democrática, o seudo
democrática, el culmen de su desparpajo y de sus ambiciones.
Sarkosy, el francés play boy, ha entrado
en la lista de mis indeseables solo y exclusivamente porque se las da de guapo.
Ha entrado en la política como el futbolista Beckham entraba en los campos de
fútbol: vestido con el uniforme no del club al que sirve sino de la estética de
su físico propagandístico y en compañía de su dama no menos farandulera.
Los presidentes con primeras damas
agraciadas físicamente terminan exhibiéndose a sí mismos más que a sus ideales.
Putin, el ruso, no alardeaba de su esposa, tampoco Bush, pues la esposa de
ambos era el poder en bruto y sin otro maquillaje. Sarkosy alardea de una
esposa que se ve bien, y aunque ella pretenda ser discreta, el marido no se lo
permite. Quizá porque el poder de esta dama resida más en la fotografía y en la
libertad de movimientos que en otras menudencias.
Al presidente francés le gusta la pantalla
televisiva con la compañía de su esposa. No hay que criticarlo por eso. Cada
hombre tiene derecho a presumir de lo que tiene. Chávez no puede presumir de
mujer oficial porque se divorció de ella para casarse con la revolución, que es
mucho menos femenina pero mucho más poderosa. Bush dejó en segundo plano a su
consorte para casarse con la guerra, que le da más dividendos y con la que
puede lucirse, al menos fotográficamente, mejor. Las mujeres revolucionarias de
Chávez son feas y desgreñadas y con un verbo muy poco femenino. La de Sarkosy
tiene más empaque, quiero decir, puede transitar por la pasarela sin que le
tiemble el paso. Para eso está el marido, para auparla, si fuera menester. Lo
que quiero decir es que estos señores presidentes no me caen porque, a su
manera, cada cual nos restriegan a sus damas, unas de carne y hueso, y otras de
temperamento bélico, por las narices. Y eso, para mí, es un insulto. Por eso no
me caen. Y menos cuando llamó gilipollas a aquel señor que no quiso apretarle
la mano porque tampoco le caía bien, como a mí.
Adolfo Carreto Hernández

Prometió desnudarse en la plaza pública, para que no hubiera engaño
ni montaje, y para que todas las miradas pudieran fotografiarla a pelo. No
cumplió la palabra. Y eso que ya había mostrado su desnudez en otras gráficas,
pero aquellas eran pagadas, y ese es argumento. En esta oportunidad no. Ahora
quiso dar una muestra de su exuberante caridad natural y prometió una desnudez
para todos, sin cortapisas, con fecha y hora señalada. Más de dos mil miradas
argentinas acudieron a la cita pero la modelo dijo que no. Y ante la
desesperación de los curiosos, porque no más que curiosear y un poco a la
distancia se puede hacer en casos así, inició la retirada.
El caso es que la argentinita Neumann prometió
desnudarse en público, es decir, mostrar su identidad tal cual, para apoyar a
las causas ecologistas, que buena necesidad tienen de apoyo. Y defraudó. Los
defraudados se siente ofendidos y han amenazado a la modelo con el arma que
ella quiso defender: Si no cumples tu promesa, nos hacemos con tu perrito, lo
desguazamos y nos hacemos con su piel un abrigo. Da risa tanto la oferta de la
muchacha como el cobro de peaje de los defraudados. Pero así son las cosas, y
eso le pasa a Nicole por prometer
algo por lo que no iba a cobrar. El show prometido se quedó en descalabro y con
una amenaza de muerte: la de su perrito. Con la piel del animal, convertida en
abrigo, los desafiantes podrán cubrir todas las desnudeces
incumplidas de la argentina.
Lo he dicho. El desnudo con sentido cabal
tiene en mi un defensor, no el desnudo provocador, no el desnudo desafiante, no
el desnudo propagandístico. Los desnudos a la luz pública nada revelan. Los
otros sí. Los desnudos como santa santorum, sí.
Quiero decir, los desnudos con el embrujo del sacramento misterioso.
Unos y otros andan por las calles del
mundo manifestando su desnudez para defender causas que nada tienen que ver con
eso. Los curiosos, ante estas
manifestaciones destapadas, se ríen, no se compadecen con los afligidos. Se
ríen de esas desnudeces que pierden
el encanto de la desnudez. Se ríen de esos destapados que no ofrecen. Se mofan
de esos cuerpos que, vestidos, proponían más.
Andamos con muchas desnudeces
sobre nuestras espaldas. Lo que ocurre es que no
sabemos desnudarnos a tiempo, cuando merece la pena. Andamos prometiendo lo que
no sabemos cumplir, y eso no cae bien. Me da igual que
Chavala, hay que mirarse antes al espejo,
en la más estricta intimidad, para saber si merecen la pena las promesas.
Porque, como dice el refrán: lo prometido es deuda, y las deudas se pagan: o
con quitarse el impedimento a la luz pública o con hacer de la piel del animal
un abrigo.
Adolfo Carreto y Hernández

Una de las últimas obras de caridad
anunciadas a bombo y platillo por el presidente norteamericano es donar 5,2
millones de mosquiteras para los niños de Tanzania. Los niños mueren diaria y
masivamente en Tanzania y otras geografías por muchas causas, entre ellas por
las picaduras de mosquitos. En Tanzania no solamente hay muchos niños a la
espera de picaduras, sino millones de mosquitos dispuestos a propinarlas. A
Bush le dijeron sus asesores sanitarios: tiene usted, presidente, que echarse
una vueltecita por donde el Kilimanjaro, que queda en el África Subsahariana,
para comprobar in situ cómo es allí la guerra. ¿Y contra quién peleamos? Allí
nosotros no peleamos, pelean los niños. ¿Pero contra quién? Contra los
mosquitos, presidente.
Al señor Bush esas guerras infantiles no
le preocupan demasiado, pero cuando se enteró que no era necesario desplazar a
los marines sino cargar un avión con algo más de cinco millones de mosquiteras,
echó números y dijo que el asunto podía ser rentable. Siempre es mucho menos
costosa una mosquitera que desplazar un tanque. Además, los mosquitos son
inmunes a los disparos de los misiles, mientras que las mosquiteras pueden ser
armas de prevención, mucho más inofensivas, que las bombas.
Por los alrededores del famoso Kilimanjaro
mueren más de un millón de niños al año, menores de cinco años, a causa de la
picadura de los mosquitos. Bush, en su correría africana, vio esa muerte de
cerca, y dijo: “El sufrimiento causado por la malaria es innecesario y cada
muerte causada por la malaria es inaceptable”. Y se le ocurrió el remedio: que
envíen para acá cinco millones de mosquiteras. A la operación se la bautizó con
el rimbombante titular de Campaña de Compasión. Y dijo Bush, repartiendo besos
a las embarazadas y entregándoles el juguete de una mosquitera para la
protección de esos niños a punto de llegar y a punto también de ser picados:
“Este es un modo práctico de ayudar a salvar vidas”.
No digo que no, pero a uno se le remueve
el estómago escuchando estas prédicas. Sigue uno pensando que el remedio no son
las mosquiteras, aunque puedan aliviar a unos cuantos, sino hacer una guerra
santa, bien diferente a las que patrocina el Pentágono, para erradicar de una
vez la causa de la proliferación de mosquitos, que viene siendo mucho menos
costosa que esas otras guerras que el señor presidente y sus aliados auspician.
Digo que dan rabia estas recetas
caritativas, estas campañas de compasión, cuando de lo que se trata es de lo
que todos sabemos. Pero, bueno, mientras no logremos acceder al reino de la
razón, al menos echemos manos de la migaja de la
compasión. Aunque solamente sea para que los mandatarios puedan seguir rezando
publicitariamente una plegaria poco efectiva.
Adolfo Carreto y Hernández

Ya no hablamos
de matrimonio sino de pareja. Por algo se empieza, Lo de matrimonio suena a infalibilidad
y, al parecer, eso es lo que no cuadra. Vivir en pareja es vivir también
matrimonialmente, pero sin el papel que lo acredita. La nomenclatura va todavía
más allá: se habla de parejas de hecho, y se olvida, por si acaso, lo del
derecho. Y las cifras, al menos las europeas, avalan este lenguaje, o mejor,
esta realidad social.
Me cuentan las estadísticas que siete de
cada diez solteros españoles desean lo de la pareja estable pero, eso sí, sin
boda. Lo de boda implica, lógicamente, el sacramento. Es decir, que los jóvenes
españoles prefieren obviar el altar, no la estabilidad de con quien estar,
vivir y pernoctar.
Tengo personas muy cercanas en mi entorno
que viven en esta novedosa y ya consentida realidad social. Y, al menos por
ahora, no parece irles mal. El tiempo confirmará o rechazará las estadísticas.
Hasta mi madre, ella tan apegada a la teología sacramental vaticana, aceptó el
nuevo proceder de uno de sus nietos. Es verdad que ella hubiese preferido el
vestido de boda, como Dios manda, lo más inmaculado y blanco posible, y con
toda la parafernalia de entrada y salida en el templo, rodeados de los suyos.
Pero terminó aceptando la nueva realidad una vez convencida de que a su nieto
estaba funcionándole el invento.
Mi sobrino encaja en esos porcentajes que
dicen que el 67% de los españoles, apuestan por la pareja de hecho, en una
relación estable, pero sin matrimonio. Solamente un 17% están interesados
solamente en una relación pasajera. Quiere esto decir que todavía la tradición
le gana la partida al suspense.
Yo todavía pertenezco a los de la antigua
usanza, y reconozco que, en este particular, mi madre terminó siendo más
condescendiente que yo. No sé si mi madre llegó a tan sabia conclusión bajo el
argumento de la tradición o bajo el sacrosanto argumento del respeto a la
libertad sentimental de su nieto. Me inclino a que sopesó más este argumento
que el tradicional, que siempre profesó.
He reflexionado sobre el asunto y estoy a
punto de concluir que lo del sacramento del matrimonio no solamente tiene su
forma, es decir, la máscara con el que lo hemos montado, sino también su
contenido, esto es, el de la perdurabilidad sentimental, eso que antiguamente
que llamaba amor, que, a la postre, es lo que cuenta. Si el amor no se torna
perdurable, el contenido caduca, se hace indigesto y puede conducir a males
mayores. Preferir la forma al contenido, conservar el envase, pero no la
enjundia que va dentro, no es solamente apostar por la forma, por la marca de
fábrica, sino terminar estafando y estafándose. Se trata, digámoslo
metafóricamente, de un producto pirata, como esos CD que se venden en la
esquina, carentes de garantía. Suenan, cuando suenan, pero no con la
originalidad que les da sustancia.
A los jóvenes españoles pareciera que ya
no les va lo de la parafernalia sacramental. Optan, en su todavía mayoría, por
la perdurabilidad del contenido, prefiriendo desechar el continente cuando ya
no es capaz de conservar en buen estado lo que va dentro.
Ha comentado al respecto una sicóloga y
periodista española, Leticia Brando, que este fenómeno “puede que sea el
triunfo del corazón frente a la razón… El matrimonio, para muchas personas,
sigue simbolizando el compromiso más profundo frente al otro”. La mayoría,
según la última de las encuestas, busca una relación estable, pero sin boda. Lo
cual no quiere decir que huya del sacramento, tal como lo entendía mi madre,
eso es, la perdurabilidad del amor sobre la caducidad del vestido de boda, ese
que, originalmente, solo se usa una vez para entrar y salir del templo. Lo que
se usa diariamente no es el vestido sino el contenido.
Pues eso, apostemos por las parejas de
hecho mientras la sustancia sea eterna, pues tengo para mí que el contenido
teológico del matrimonio reza: hasta que la muerte los separe. Lo que separa no
es el ritual sino la muerte del amor. Y hasta ahí llega el sacramento.
QUE SE MUERAN LOS FEOS, DE
HAMBRE
Adolfo Carreto Hernández

Claro que no me
refiero a Elsa Pataky. Ni a mujeres como ella se
refería la universidad de California cuando nos descubrió el enigma del sueldo:
los guapos ganan más que los feos. Este es un dogma que siempre hemos
sospechado, al menos yo, pero que carecía del aval científico para
corroborarlo. Cuando, en los años 60, se cantaba aquella tonada reiterativa de
“que se mueran los feos”, el asunto iba por ahí. No hay peor discriminación que
la fealdad; inclusive, es más discriminatoria todavía que la pobreza. Ya es
decir.
Los feos ganamos menos, lo ha dicho
científicamente la universidad de California y no tengo objeción. El talento,
los conocimientos, el esfuerzo hay que colocarlos en el currículum personal en
segundo plano. En el primer plano, el porte, la elegancia, la compostura, en
primer plano la fotografía, para comprobar si corresponde al resto.
No le niego el talento a los guapos, y
menos a esta Elsa Pataky que viene
a cuento sólo como ejemplo. Ni siquiera me opongo a que cobre un poquito más
compitiendo en igualdad de condiciones, pues no es lo mismo soportar el talento
de un feo/fea guapo/guapa que el de un desarrapado. Vamos a ver si dejamos las
cosas en su sitio. Pero de ahí a que un feo, en igualdad de condiciones, tenga
que trabajar un mes más al año para igualarse con el guapo, tampoco. La guapura
puede ser una compensación adicional, pero nunca un sustituto. Y ni siquiera en
todas las profesiones.
Hemos hecho de la guapura un requisito
imprescindible para la supervivencia social, y eso tampoco va. Los feos no
tienen por qué morirse, y muchísimo menos si son talentosos y de probado tesón.
Pero es que la investigación va a más. Los
talentosos catedráticos norteamericanos han llegado a la conclusión de que la
fealdad se presenta como una gravosa discapacidad sexual. Y esto, ya duele. O
sea, que no solamente desmejora nuestros ingresos económicos sino igualmente
nuestros presupuestos sentimentales. Yo no sé cómo estos investigadores
californianos van a resolver el entuerto. No sé qué asignatura introducirán en
los programas de sus carreras universitarias para equilibrar el asunto. Me temo
que no sea factible. Y, a pesar de que todo depende del color del cristal con
que se mira, no cabe duda de que cuando nos topamos, así solamente sea en el
celuloide, con la estampa de Elsa Pataky, la mujer nos ha ganado la partida.
Así es que, para los feos, resignación. En
el dinero, y en lo otro. Yo ya lo tenía asumido desde hace tiempo, aunque no
fuera científicamente. Pero es bueno de que vayamos enterándonos por dónde transcurre el camino del
empleo y del desempleo. Hay que cuidar el físico al menos para lograr ese 12
por ciento que a los feos nos han robado los guapos.
No sé, por ejemplo, si Ronaldhino
y Beckham están en igualdad de condiciones con
respecto a su profesión futbolística, lo que sí está claro es que el inglés,
por su guapeza, tiene muchos más emolumentos que el brasileño. Incluidas las supuestas amistades propagandísticas y
sentimentales de Hollywood.
Adolfo Carreto Hernández

Se ha inventado una nueva religión en el
mundo a la que yo bautizo como La sonrisa
sin fronteras; se trata de un ritual cuyo objetivo es resucitar la sonrisa
muerta. Los oficiantes de esta religión novedosa son payasos que se han echado
a las calles del mundo removiendo los escombros de la indigencia para liberar,
de entre ellos, la sonrisa, antes de que muera.
Es el caso, por ejemplo, de tres
oficiantes españoles de este ritual que se fueron en peregrinación a Haití,
concretamente a Puerto Príncipe, para ritualizar, en el templo de los barrios
sin techo, el sacramento de la risa. Hay que dejar constancia de sus nombres
misioneros. Aquí están, para que conste: Raúl Garbayo,
Tito Benet y Alba Sarraute.
Eligieron Haití
porque en esta nación caribeña hace tiempo que han amordazado a la sonrisa, y
quién sabe si este sacramental payaso la saque a flote. Dicen que por la
empobrecida Puerto Príncipe deambulan más de 250.000 muchachos por las calles,
sin techo que los cobije. El heladero que todos los días transita con su
carrito de helados por mi calle caraqueña es ahitiano,
color azabache caribeño importado desde África hace
siglos. Le he preguntado lo de los chavales de su tierra y me dice que sí. He
querido intentar ver la sonrisa de este mozalbete, que se hace acompañar con el
tintineo de una musiquita de campanillas arrastrando su carrito de helados, y
no lo he conseguido. Sigue siendo un muchacho haitiano de la calle, pero esto
para él es un cielo en comparación con su deambular por Puerto Príncipe. Él,
que no es payaso sino haitiano a la intemperie, vende helados a los niños
caraqueños para que les sonría el paladar, es un premio.
Cuando yo era chico, en mi pueblo la calle
era mi casa. Mi madre me decía: Vete a jugar, por ahí. E iba. “Por ahí” era la
calle, la cercanía, estar siempre a la puerta; era el lugar protegido, la
libertad sin trauma. Por ahí era, por ejemplo, mi primo José o mi amigo Manolo.
Pero, a la hora convenida, y sin previo aviso, volvíamos a la casa.
Para estos 250.000 niños ahitianos, la calle es el lugar
de la desesperación. Es sorprendente que uno de estos chavales, al ver a los
tres españoles, y ya con sonrisa en los labios, haya confesado: es la primera
vez que veo un payaso. Es decir, el milagro se hizo, el sacramento surtió
efecto y la resurrección fue la sonrisa infantil.
Pues sí, esta religión de la sonrisa hay
que predicarla y divulgarla. Estos misioneros payasos, con sus narices pintadas
y sus piruetas resucitadas son los sacerdotes modernos en pos de la liberación
de la sonrisa infantil. Por eso he querido dejar constancia de estos tres
nombres españoles: Raúl, Tito y Alba, que han levantado el altar de su liturgia
en las calles de Puerto Príncipe para que alguno de estos 250.000 muchachitos
sonrían por primera vez. Aunque no los vea por mi calle vendiendo helados.
Adolfo Carreto y Hernández

En marzo de este
año me sorprendieron con la noticia: soy de Atapuerca. Y, al parecer, no
solamente yo, aunque por definición geográfica tenga identidad castellana, sino
todos, que por cédula de identidad reciente somos de raigambre europea. Así es
la burgalesa zona de Atapuerca se ha convertido en nuestra cuna de nacimiento
nada menos que desde hace 1,2 millones de años.
Miren por dónde nuestro paraíso terrenal,
primigenio, fue ideado en esos parajes, exactamente en el nivel TE9 de
Quiere esto decir que los europeos, sin
excepción, y según el acta de origen firmada por los paleontólogos, tienen
necesariamente que peregrinar hasta Atapuerca para conocer su lugar de
nacimiento.
Hasta hace poco creíamos que éramos, los
europeos, muy viejos: 800.000 años, pero hete ahí que estos señores,
escarbando, nos han aumentado 400.000 años más de un plumazo. Casi es mejor dejarlo así. Si continúan
escarbando nos van a aumentar muchos miles de años de vida más.
Los españoles nos hemos convertidos en los
Matusalenes europeos. Si hay alguien que tiene peso sobre sus espaldas somos
nosotros. Y no digamos si de experiencia de supervivencia se trata. Eso del
Neardental es cosa, como quien dice, de ayer mismo. Ahora somos “Homo
antecesor”, y eso da mucho caché.
Este Adán, pues hasta ahora solamente se
han topado con una mandíbula y un diente, nos ha dejado en herencia, por lo
menos, 32 herramientas de sílex, de entre 30 y
El por qué de la preferencia de este lugar
por nuestros homínidos, la desconozco, pero alguna razón habrá. Así es que la
cuna de Europa se encuentra en Burgos, en Castilla, y a partir de ahí todo
comienzan a ser fronteras.
¿Y qué de las nacionalidades cuyo
argumento es la antigüedad y la geografía? ¿Y qué de las guerras fronterizas
por una franja más o menos de tierra? ¿Y qué el refrán de que todos los caminos
europeos conducen a Santiago? Pues no. Todo va a dar a Castilla, a Burgos, más
en concreto. Que digan lo que quieran ahora Carod y los suyos. Que digan lo que
quieran los de
La historia es así: luchamos por lo que no
sabemos. Nos inventamos orígenes desconocidos. Falsificamos el ADN de nuestra
auténtica identidad. Escarbando podemos llegar hasta donde no pensábamos y
descubrimos lo que no nos imaginábamos.
Pero, es igual. Cada quien seguirá
presumiendo de su supuesta identidad reciente, y este “homo antecesor”, de 1,2
millones de años sobre la tierra burgalesa, no puede ofrecernos muchos más: una
herencia de 32 herramientas de sílex con las que se ayudaba para mantenerse.
Tampoco hemos avanzado tanto durante el transcurso de estos 1,2 millones de
años para inventarnos
tantas banderas.
Adolfo Carreto y Hernández

En esta arcilla se escondía el misterio.
De aquella tempestad de fuego y azufre que, según la historia del Génesis, envió
Yahvé sobre Sodoma y Gomorra porque no quedaba ni uno solo que estuviera libre
de pecado y perversión, nos ha quedado el testimonio de esta arcilla que ahora
se exhibe en el Museo Británico y que el arqueólogo Henry Layard consiguió un
día escarbando en las ruinas del palacio de Nínive.
Ahora, los concienzudos expertos en
descifrar los códigos lingüísticos desconocidos han podido leerla, y han
encontrado precisiones mítico históricas insospechadas. Primero, que aquella
tempestad de fuego y azufre, caída como castigo sobre Sodoma y Gomorra, por la
persistente desfachatez de sus habitantes, no fue tal, sino que se trata nada
menos que de un meteorito, el cual cayó sobre esa geografía depravada nada
menos que el 29 de junio del año 3123 antes de Cristo. Lo han dicho científicos
de
En lo que sí parecen concordar el mito
religioso y el descubrimiento científico es que por aquellos años, y en aquella
geografía, las cosas no andaban bien, o no ni al gusto de la fe de entonces, ni
al gusto de la geografía de entonces.
Hasta ahora había tenido mis sospechas en
torno a lo acontecido con Sodoma y Gomorra. Estas dos ciudades y su tragedia se
me asemejaba mucho más a lo cercano y constatable. Es decir, a lo de Hiroshima
y Nagasaki: dos ciudades lejanas en el tiempo y en la distancia y sobre ellas
el desastre de la destrucción en base al fuego. Eso sí, lo que estos
científicos de la universidad de Bristol vienen a puntualizarme es que lo de
las ciudades japonesas fue producto de las manos humanas, y que lo de las ciudades
de por allá no fue producto de la malsana intención divina sino del descarrío
de un meteorito. Y eso, aunque no mucho, en algo cambia las cosas. Puede ser
que alguien lea de otra manera y sugiera que sí se trató de la mano de Yahvé,
al torcer el curso del meteorito para que diera en el blanco.
Me satisface, tengo que admitirlo, que los
científicos hurguen en estos entuertos. Siempre se logra una nueva luz para las
interpretaciones confusas y para la aclaración de los mitos. Y, si se trata de
mitos religiosos, mejor.
O sea, que es verdad. Sodoma y Gomorra fueron arrasadas por obra y
gracia del fuego, aunque viniera envuelto en forma de meteorito. Quizá lo de
menos sea el envase. Lo importante, como siempre, es el contenido. El envase es
la envoltura con la que acicalamos al producto para que nos cautive y
alarguemos la mano hacia él. Lo malo es que, a veces, puede ocurrirnos como le
ocurrió a la esposa de Lot, el sobrino de Abraham, por no obedecer la orden:
quedar convertidos en estatuas de sal ante el acontecimiento.
Adolfo Carreto y Hernández

Si le digo: he
comido solanum tuberosum, usted ni se entera. Pero si le digo: ¡qué ricas las
patatas!, el asunto cambia. La patata, desde que los descubridores retornaron a
puertos peninsulares, allá por el siglo XVI, se convirtió en el plato fuerte de
nuestra alimentación. Hasta nuestros días, pues la patata si no sigue siendo el
plato fuerte de nuestra dieta diaria, difícilmente falta como entrada, como
vitualla, o como lo que sea. Solamente el arroz y el trigo, dicen, pueden ganar
a la patata en eso de la universalización y alimentación masiva. Pero,
recuerdo, en mi casa, durante aquellos años de posguerra, podía faltar arroz,
patata, nunca.
Y ya que nos ponemos en plan científico en
eso de solanum tuberosum, de difícil comprensión, me apuntan que la palabra
“patata” es el resultado semántico de la batata Dominicana y de la papa
quechua, indígena de raíz. De ahí que, como me enseñó mi maestro de pueblo,
todo junto: patata. Por aquí, por estos lados donde habito y, por ende, como,
continuamos con la originalidad quechua: papa.
La papa o patata, aunque andina de origen,
es española por la universalización comercializada que de ella se hizo, de ahí
que no pocos europeos piensen que se trata de un producto castellano, andaluz o
extremeño. Pero no: es de raigambre andina, de altiplanicie, y hasta de otras
tierras más bajas de por aquí.
Vicente Van Gogh, con su pincel,
identificó a los pobres y campesinos de su entorno, como los resignados
comedores de papas. Era lo que estaba más a mano, a la puerta de la casa, en el
huerto. Pero aunque la patata siempre fue comida de pobres nunca lo fue en
exclusividad, y menos ahora, con toda la comercialización que de ella se ha logrado.
Qué sé yo cuántas variantes de patatas
hay… Para mí existe la que sembramos en el humilde huerto de mi abuela y con la
que nos alimentábamos todos. ¿Qué plato de mi niñez no llevaba patatas? Solas,
con garbanzos, con alubias, cocidas sin más, con algo de condimento e
ingredientes al gusto o según la despensa, asadas en el rescoldo de la lumbre,
para merendar, con aquel poquito de sal, o fritas, y con un poquito de cebolla.
¿Sigo?
Yo no sé si ustedes, pero yo le debo lo
que soy a las patatas de mi abuela. Ahora ya no. Ahora la patata no es la que
se come una vez manchadas las manos de la tierra del patatal sino la que viene
empaquetada, como las normas de salud y calidad indican.
¿Y todo esto, para qué? Muy sencillo. Han
proclamado oficialmente este año como el Año de la papa, con el objetivo se
incrementar la producción y el consumo de patata en las naciones en desarrollo.
Dicen los expertos de
En cualquiera de los casos para mí, la
patata, sobre todo la del huerto de mi abuela, sigue ocupando el lugar en el
altar que le corresponde, pues no poca hambre me remedió.
Adolfo Carreto Hernández

Ahora que están
tan de moda las adopciones, el Vaticano ha adoptado un parque, en Hungría. Lo
han adoptado para la conservación. Es decir, el Vaticano, fiel a su línea
conservadora, intenta convencernos ahora de cómo se protege a la naturaleza. En
ese parque, o bosque, o como se le quiera llamar, que no es de tantas
hectáreas, tienen cabida todos los animales salvajes, menos la serpiente, que
es siempre un reptil muy sibilino y pecador. La iconografía vaticana nos ha
enseñado que contra este animal solamente puede la planta de
Dicen que esta adopción es más que nada
simbólica, puesto que en el Vaticano no hay muchos expertos para la
conservación de la fauna y la flora. Pero, por algo hay que empezar. Antes, las
recomendaciones vaticanas venían a través de las Encíclicas, las cartas
pastorales, las amonestaciones por escrito y otros papeles de consideración.
Ahora les ha dado por eso de las adopciones, será porque quieren ponerse a la
par de los tiempos.
Aunque no es desdeñable la idea, en vez de
adoptar arbustos y follaje podían haber adoptado niños, ya que escasean tanto
las vocaciones. Y entre otras cosas, escasean las vocaciones porque escasean
las criaturas, a no ser en países en los que escasea todo menos los niños. Por
ahí podíamos empezar y así salvábamos de un solo tiro tanto a los desnutridos
como a los seminarios.
Aseguran que este Pontífice
es ecologista, y no es poco. Seguramente ha visto, aunque sea por televisión,
los destrozos de las llamas veraniegas en Italia, Grecia, España y otros
lugares y ha sentido que el infierno, siempre refugio de las llamas eternas,
amenaza con más furia que nunca. De ahí su empeño en ritualizar la preservación
de la naturaleza, a la que Dios creó como un jardín idílico, para que no
volvamos a recrear el pecado original.
Insisto en que esta adopción no es baladí.
La tierra se quema por los cuatro costados e igualmente se ahoga. Y hay que
preservarla. Piensa el Papa, bien pensado, que se están desatando los diluvios
al igual que los infiernos, y para eso nada mejor que preservar los bosques.
Que el Vaticano no puede ponerse manos a la obra en toda la geografía, es
obvio; de ahí la adopción de este pequeño bosque húngaro para enseñarnos cuál
es el camino de retorno al paraíso terrenal.
Adolfo Carreto Hernández

Este que ven
aquí no es el asesino sino la víctima. El asesino es de 15 años y la víctima de
once. El asesino montaba en bicicleta, se cubría con pasamontañas y escondía en
la cintura la pistola. El asesinado propinaba patadas a un balón, quién sabe si
soñando con ser Beckham algún día. El asesino ha sido puesto en libertad, sin
cargos, porque a los 15 años se carece de uso de razón para matar. La víctima
ha quedado eternizada así: un altar en su casa, con su fotografía de niño que
empieza, escoltado por unas flores y una vela encendida. La mirada del niño, que
perdura, terminará mustiándose al ritmo natural de las flores y a la velocidad
del desgaste de la vela prendida.
Esta criatura de once años ha quedado
sobre una mesa casera, en forma de foto, por culpa de un encapuchado de quince
años que no sé cómo se llama, ni me interesa. Tengo para mí que los
encapuchados no tienen edad, jamás la han tenido, ni la quieren. Los
encapuchados, de la edad que sean, son sombras que matan sin que nadie sepa por
qué. Y lo curioso es que, luego de matar, quedan en libertad, sin cargos, por
eso de la minoría de edad. Si los niños y jóvenes quedan en libertad y sin
cargos, por carecer de uso de razón, a alguien hay que cargarle los muertos.
Esto de la violencia infantil y juvenil se
ha puesto globalmente de moda y no hay ley que la detenga. Ni hay ley en sus
hogares, ni la hay en sus comunidades ni mucho menos en las Leyes formales y
oficiales para que los muchachos puedan dar patadas a un balón, en el patio, o
ir a clases al colegio. Pareciera que las leyes son más protectoras para los asesinadores que
para los asesinados. Y así no.
Algo está pasando con esta sinrazón de la
violencia infantil y juvenil. Los muchachos, sobre todo cuando íbamos a la
escuela, siempre nos hemos caído a golpes, siempre hemos formado pandillas,
siempre hemos tenido rivales. Puede que llegáramos a las manos, pero nunca a
las pistolas. Ahora parece que la muerte es más sencilla y los pandilleros más
sofisticados. Resulta más fácil apretar un gatillo, venga o no a cuento, que
propinar un sopapo. Y así nos va.
Este chaval de quince años ya tiene en su
haber un muerto de once, es decir, ya está entrenado para matar, y con lección
bien aprendida. Mientras tanto, la víctima se contenta, qué remedio, con un
altarcito en su casa, y un ramo de flores y una vela encendida que terminarán
también apagándose. Y así, no.
Adolfo Carreto Hernández

Quién iba a decir a Picasso que esta forma tan sucinta, simple,
clara y libre de simbolizar la paz para siempre era la definitiva. Cómo se le
ocurrió a Noé lanzar por el ventanuco de su arca a una palomita para
diagnosticar la profundidad de las aguas de la inundación. Picasso agarró con
el pincel a esa paloma de Noe, ya con el ramito de oliva en el pico, para
decirnos: salgan del arca, la paz y la libertad están servidas.
Pero hete ahí que no. Las palomas han
dejado de ser esas anunciadoras de tranquilidad para convertirse en asesinas
del arte y eso no puede gustar a Picasso. Las palomas se han adueñado de las
plazas públicas para anidar en los edificios cercanos, en sus rendijas, en sus
aleros, sobre sus estatuas. Así es que las palomas ni son pacíficas ni
artísticas, según nos hizo creer Picasso, dejándose embaucar por Noe.
Hay aves que están en proceso de extinción
y otras no. Otras proliferan, y de mala manera. Entre éstas, las palomas. Toda
ciudad que se precie ha de tener su plaza de identificación gracias a las
palomas. Y en cada plaza, padres con sus niños espolvoreando granos para que
las palomitas, tranquilas, sin asustarse, protegidas, se alimenten. Y las
palomas persisten en su oficio de andar picoteando por aquí y por allá y
ensayando vuelos muy cortos ante el débil amago del muchachito.
Digo que no, que todo esto es literatura
infantil y pacífica, que las palomas se las traen y que, en vez de adornar los
espacios públicos citadinos, los manchan y los destruyen. Así es que hay que
aventar a las palomas, por mal criadas y por atentatorias contra las fachadas
artísticas de los edificios, y por otras muchas cosas.
En Florencia, donde hay mucha plaza y
mucho arte en toda su geografía, hay también mucha paloma. El asunto es cómo
deshacerse de ellas pues, hasta para su digestión picotean estatuas extrayendo
esos granitos de arena que les van tan bien. Las autoridades de Florencia andan
dándole vueltas a la manera de deshacerse de estas aves. A perdigonazos,
no, eso está muy mal visto por los ecologistas y muy posiblemente también por
los padres de los niños que corretean por las plazas. Y quién sabe si uno de
esos perdigonazos se desvía
de la plaza y va a dar al papo de la paloma de Picasso, o la de Noe, y nos la
aniquila.
Entonces parece que no hay más que
ponerlas a dieta forzada. Y de ahí la ordenanza: para que los chavalitos no
espolvoreen granos por las plazas, prohibir la venta de granos. Así las palomas
tendrán que emigrar hacia su lugar natural, que son los trigales y el campo
abierto. La ordenanza dice: “Venecia prohibirá tirar arroz en las bodas y
vender grano para alejar a las palomas, porque los problemas que provocan estas
aves cuestan unos 275 euros al año a cada ciudadano, y porque destrozan a
picotazos las estatuas y bajorrelieves para agarrarse o limar el pico, y porque
pican a los monumentos para extraer pequeñas piedras que favorecen la
digestión”.
El asunto es si las palomas citadinas se
enfadan, se ponen en huelga y reclaman sus derechos, que vienen ya desde
siglos. A estas palomas no se les puede privar de su enclave citadino, ganado
en derecho siglo tras siglo. Ya habrá defensores que las defiendan con
argumentos.
Pero una cosa sí ha quedado clara: que las
palomas que tenemos a mano no son tan benignas, pacíficas ni artísticas como
Picasso se empeñó en dibujar. Y que no se les ocurra a estas palomas de plaza y
fachada catedralicia coger uno de esos virus que a veces les dan por las aves.
Ahí sí el asunto se nos complica. Lo
cierto es que están cayendo todos los simbolismos, incluidos los más pacíficos.
Que caiga este de la paloma de Picasso me da mucha pena.
Adolfo Carreto y Hernández

Estas Olimpíadas han comenzado con otro trote. A qué ritmo
terminarán, todavía no lo sé. Estas Olimíadas han comenzado rompiendo el camino de la paz, pues dicen muchos
que el inicio de estas Olimpíadas no está transitando por las pistas de la paz.
Estas Olimpíadas han modificado el logotipo de aros engarzados en hermandad
competitiva para transformarlo en argollas de presos, en esposas para amordazar
las libertades. Estas Olimpíadas, como todas, comienzan en Atenas, con
ceremonia inmaculada de llama pacífica, para terminar en Beijing sin lograr
batir el único record que importa: el de la paz.
Comienzan oficialmente las Olimpiadas con
palabras oficialmente mentirosas de una parte, y pancarta de protesta,
desplegada, por la otra. Si no hay paz, dice la pancarta, que no haya
Olimpiadas, o no en esas pistas. La voz oficial responde: que haya Olimpíadas
para que haya pistas. Y no se entienden.
Estas Olimpiadas las iniciaron los monjes
budistas vestidos de rojo por las calles tibetanas enfrentándose a la represión
china. Ya los templos budistas se han santificado con el sacramento de la rosa
sangre derramada, pero eso no debe ser obstáculo para que a los chinos les
enturbien el espectáculo. Ahora, a los monjes, se les han unido Reporteros Sin
Fronteras, que se niegan a que la llama prospere y llegue a su destino.
A los protagonistas de la pancarta las
autoridades los han acusado por ofender a los símbolos olímpicos, esto es, por
convertir los aros en esposas. Y ese es un pecado muy grave, un atentado contra
la paz. La represión oficial china es una defensa del olimpismo.
De ahí que estas Olimpiadas no cuadren.
A estas primeras de cambio algunas
intenciones han hablado ya de boicot. Pareciera que esta alternativa no cuadra,
entre otras cosas porque las Olimpíadas, además de ser competencias deportivas,
también lo son políticas, y no digamos económicas. La represión china en Tibet es un mal menor que pueden soportar los gobiernos,
incluidos los afines a la causa tibetana. La economía y otras bondades más a
tono con nuestro tiempo parecen tener más peso. Así es que el intento de Sarkosy de alertar sobre la posibilidad del boicot no ha
tenido eco.
Falta todavía otra amenaza: la del
fanatismo terrorista. Y esas ya son palabras mayores. Así es que nos tocan unas
Olimpiadas con más de un record político que no terminará de romperse aunque
sin duda caigan muchos deportivos. Me temo que en estas Olimpiadas los
tibetanos tampoco obtendrán medalla que mundialmente los acredite.
Adolfo Carreto y Hernández

Podría ser una
pagoda, o una mezquita, o una sinagoga, o la pirámide mexicana de
Los templos, de la religión que sean, me
cautivan todos. Antes me cautivaban por la historia y por el arte. Ahora me
cautivan por la fe, así sean los templos de mi personal creencia. Cuando
descuidamos la seguridad de los templos vamos descuidando también la seguridad
de la fe, y este descuido, a la postre, terminará siendo irreparable.
Cuando los talibanes comenzaron a
destripar a los Budas pétreos que daban la bienvenida a sus templos, me causó
quemazón por dentro. Cuando los ateos, o los bombarderos, que viene a ser lo
mismo, destrozan cúpulas, me entra idéntica quemazón. Cuando los fanáticos, del
signo que sean, arremeten contra catedrales, igual se me estremece la fe.
Yo sé que el templo auténtico, sin trampa,
es aquel que cada cual construye dentro de sí y a la medida de su creencia.
Esto me lo enseñó Jesús, el de Nazaret, cuando la disputa entre los judíos y
los samaritanos por la primacía de Jerusalén o de Garizín. Pero como la fe no
solamente es un patrimonio personal sino también colectivo, me entristece
enormemente que los templos de piedra, inclusive las ermitas pueblerinas, vayan
desmoronándose a causa de lo que sea.
Dicen que los templos egipcios se
tambalean a causa de las aguas del Nilo; o mejor, por culpa de la presa de
Suán, a unos
Se ha ido difuminando el sonido de las
campanas, que tantas oraciones despertaron, bajo el estruendo de los aviones o
de los trenes de alta velocidad. Es un decir. Lo que insinúo es que estamos
dando más valor a una represa o a la alta velocidad que a la meditación junto a
ese dios verdadero patrimonio de todas las religiones. Y es una lástima.
Adolfo Carreto Hernández

Esta puertorriqueña, que tanta divulgación
fotográfica publicitaria ha derrochado por mérito propio, ha sido elegida para
ser convertida en mujer de cera. Esa foto todavía no ha llegado a mi retina,
pero llegará. De eso se encargará la publicidad, y sin que yo se lo ruegue. La
han colocado en el centro de Washington DC para que los curiosos que solamente
tienen acceso a ella a través de las gráficas impresas, de las gráficas
monumentales de las vallas y de las gráficas vivientes de la televisión, la
tengan también a un cuarto de las narices y en todas sus dimensiones. Pero, eso
sí, vestida de cera. Es decir, que la imagen de esta famosa cantante y exhibicionista
sobre los escenarios, estará expuesta a derretirse al roce de tanta mirada
caliente de los neoyorquinos. También de las neoyorquinas.
Me informan que el atuendo de la cera
carnal de Jennifer ha sido acicalada con un vestido de noche, rojo, para que
resalten convenientemente todos los atributos que le pertenecen. A estas
alturas ya se encuentra más protegida, y quien quiera verla tendrá que pagar
entrada, pues su destino es el lugar sacrosanto de los museos. En este caso,
evidentemente, se trata de un museo de cera bautizado como Madame Tussauds.
Camila Parker, la segunda esposa del príncipe inglés, Carlos, el
que se hizo popular por los desplantes que le daba a Lady Di, aunque fueran
desplantes a puerta cerrada, Camila Parker, digo, también
ha sido convertida en mujer de cera, y también para un museo, y también del
mismo nombre, Madame Tussauds, pero
éste ubicado en Londres. Camila ha sido ubicada en el
panteón museístico, pero de cera, de la familia real inglesa.
Pues ya está: las mujeres que dan que
hablar, por las razones que sean, irán convirtiéndose en estatuas de cera para
perpetuar tanto sus venturas como sus desventuras. Lo de Camila no va
precisamente por lo del físico, sino por lo del parentesco y del escándalo
real; lo de Jennifer López va por la voz y el ritmo, pero sobre todo va por el
físico. Las que las acompañen en los respectivos museos irán por las razones
que sean, pero todas por derecho propio.
Los museos de cera, al menos a mí me lo
parece, son reproducciones de realidades que no se compaginan con la realidad.
Las personas allí exhibidas se convierten en momentos caprichosos de vidas
caprichosas, y sirven únicamente para la interpretación personal de quien con
ellas se tope. Los museos de cera siempre se me han antojado ficticios, sin
vida real en quienes allí reposan. Parecen más cementerios que auténticos
museos artísticos. Que a Camila la hayan arrinconado en el museo londinense, no
me importa, pero Jennifer no debió acceder a ser convertida en cera, y menos en
vida. Parece, a mí me parece, que la cera desentona no solamente la voz de la
cantante sino también el cuerpo de la exhibicionista.
Me dicen que los neoyorquinos, en vez de
derretir a esta estatua de cera de la puertorriqueña,
se han derretido ellos al contemplarla. Y es que la cera es así: antes o
después termina derritiéndose, o derritiendo. Es decir, queda en nada.
Adolfo Carreto y Hernández

Nos dijeron que
los vándalos venían del norte. Los vándalos nos asolan desde los cuatro puntos
cardinales. Para los vándalos no hay santuario a respetar, ni ideas a
confrontar. Para los vándalos solamente existen objetivos a mancillar y
destruir.
La religión de los vándalos es la de la
destrucción. Los vándalos se han bautizado como los dueños de un pensamiento
único y aniquilador, jueces contra todo aquello que no encaja filosofía del
aniquilamiento. Los bárbaros solamente saben defender a los de su misma especie
cuando los de esa especie son ya incapaces de defenderse.
Los vándalos se visten con un
pasamontañas, con un pañuelo en la cara para ocultar esa identidad que los
desfigura. Los vándalos se echan a la calle para quemar banderas, para patear a
inmigrantes, para destrozar las fachadas de los edificios, para pintar símbolos
que asquean, para atentar explotando vehículos abandonados, para rociar con
gasolina y luego prenderla, a cuanto indicativo no se adhiera a su causa.
Los vándalos se auto identifican dejando
su seña de identidad, unas veces nazi, otras veces Eta, otras FARC, otras Che,
o Fidel, o Chávez, sobre muros a la vista de todos, pintarrajeándolos con
spray.
En esta ocasión los vándalos han irrumpido
en el cementerio de Ablain-Saint-Nazaire, en Francia y han profanado estas
tumbas de soldados musulmanes con lo que ven: la cruz gamada. En esta ocasión
los vándalos han envestido contra el islamismo, igual que en otras ocasiones
contra el cristianismo, o contra el club de fútbol contrario, o contra
Los vándalos son los fanáticos contra lo
que sea. No tienen en su haber más que el arma de la destrucción, así solamente
sea un pote de spray para rociar la mente de quienes hasta los toleran.
Digo que en esta ocasión recurrieron a un
cementerio, donde los muertos no pueden defenderse, y dejaron, sobre las
tumbas, su impronta. Mañana arremeterán
contra la fachada de nuestra identidad, para igualmente mancillarla. Además de
profanar las tumbas, tuvieron la desfachatez de dejar en el cementerio una
cabeza de cerdo, y un aviso mortal contra el ministro de justicia francés,
Rachida Dati, solamente por el pecado de ser originario del norte de África.
Son los vándalos, que vienen de todas partes
y que siempre nos encuentran indefensos. Y solamente por eso, piensan que han
ganado.
Adolfo Carreto y Hernández

Se trata, por ahora, de una sugerencia:
que las moscas son unisex. O, con más precisión: que el cerebro de las moscas
es unisex. Eso de que el sexo se encuentre en el cerebro no es descabellado.
Para corroborarlo, el dicho: amor a primera vista. La revista científica, Cell,
que es la que publicita la investigación, matiza y titulo: Amor a primera luz. Y es que el causante
de este descubrimiento, la unisexualidad del cerebro de las moscas, ha sido el
rayo láser.
No sé qué sospecha de los científicos de
Yale y Oxford los indujo a explorar en el cerebro de las moscas. Lo cierto es
que activaron con un rayo láser el cerebro de las hembras y descubrieron que
éstas terminaban comportándose igual que los machos en lo concerniente al rito
del cortejo sexual: las hembras se pusieron a cantar, es un decir, haciendo
vibrar una de sus alas, tal cual los machos.
Las serenatas, en el caso de los humanos,
siempre fueron un ritual de reclamo de los machos para con las hembras. Se
plantaban los cantantes ante el balcón de la moza y, con más o menos
desparpajo, entonaban el mensaje de sus apetencias. La moza, qué remedio, terminaba
entreabriendo las ventanas, o espiando tras los visillos, según el caso, según
la permisología materna o paterna, para dar el visto bueno a la copla. Las
tunas universitarias, por ejemplo, no son más que desenfadados mensajes
amorosos, intelectualmente musicales, del ritual del amor estudiante y
callejero. Después, es muy posible que los amantes encontraran su escondrijo en
el huerto de
Ante este sacramento machista, divinamente
aceptado por la feminidad, las hembras moscas se han revelado y gracias al
estímulo del láser han comenzado a protagonizar ellas mismas ese ritual que
yacía en sus neuronas, un poco aprisionado, y se han dedicado a agitar
danzonamente una de sus alas para hacerse notar. Los humanos, machos y hembras,
hemos avanzado en esto de los rituales. Quiero decir: maneamos las alas de otra
manera más sofisticada. Estimulamos nuestras neuronas no con rayos láser, o eso
creemos, sino con las recetas que nos dicta la oferta y la demanda del ritual
del acercamiento. Los moscos llevaban hasta ahora la iniciativa, ya que las
hembras habían dejado en el duermevela de su cerebro, el reclamo propio. Pero
no ha sido necesario más que un empujón de rayo láser, y a control remoto, por parte
de los experimentadores de Yale y Oxford para que las moscas hembras alardeen
alborotadamente de sus ansias, y se pongan a danzar.
Lo único que me preocupa es saber si nos
van a empujar para que todos, machos y hembras, nos convirtamos en moscarrones.
Adolfo Carreto y Hernández

Estos curas que
ven ahí fueron seleccionados como caras bonitas para confeccionar un
calendario. Es decir, que cada uno de ellos, doce en total, servirán de afiche
en los cuartos de feligresas, para que, durante el transcurso del mes
correspondiente, les recuerden sus obligaciones religiosas. Se me ha ocurrido
llamarles “los curas afiche”, y no peyorativamente. Sabemos que el envase no es
el producto, pero el envase cuenta, y mucho. A veces, se me antoja, hemos
descuidado sobremanera el envase religioso, de ahí que el producto pasara
desapercibido.
Quiero decir que
Sé que a
Algunos han tachado a esta iniciativa de
pornografía religiosa. Yo no. Los curas y las monjas tienen derecho a ser
guapos y guapas, y a no ocultarlo. Y a utilizar sus dones como atractivos, sólo
como atractivos, para la promoción de la creencia. Eso de pensar que la fe es
patrimonio de los feos, no me va. Ni me va sospechar que por ser apuesto o
buena moza se transita el camino del libertinaje.
Ya va siendo hora de que vistamos a la
religión con el traje que le pertenece y no con la oscuridad a la que nos
habían acostumbrado. Si dicen que hay amores a primera vista también pueden
surgir convencimientos religiosos al primer impulso. Por ser guapo o guapa no
se es pecador ni por ser feo o fea se es santo. Ya no vale aquel nefasto piropo
que se le propinaba a la poco agraciada: te vas a quedar para vestir santos.
Estos jóvenes clérigos, aunque sea en forma de afiche, nos están diciendo que
la guapura también cuenta.
Adolfo Carreto Hernández

Cuánto me alegro
de que Santa Teresa de Calcuta,
Si no fuera por la duda sagrada todos
andaríamos demasiado arropados, es decir, no habría indigentes para disipar la
duda, esos que ayudaron a
Quiero decir que, al menos en algún
momento de su existencia, todos los santos que se precien han sido ateos. Y hay
que ver con qué veneración ese muchachito reza ante la incredulidad salvadora
de
Es este un argumento que habla muy bien de
los ateos, incluidos aquellos que se confesaban tales por la gracia de Dios. Es
este un argumento que habla muy requetebién de la condición de la creencia y de
la condición humana. Para mí, visto lo visto,
Siempre me han interesados más los pecados de los santos que sus virtudes. Virtud, sin pecado del cual arrepentirse, es una fe demasiado sencilla, que no está a la mano de cualquiera. De ahí que me alegre tanto por el descubrimiento de estos lapsos de incredulidad de esta Santa Teresa a la cual yo rezo cada vez que me topo con la necesidad. Y es que siempre necesitamos de la duda para ser auténticos creyentes.