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ADOLFO CARRETO HERNÁNDEZ

e.p.d.

 

LOS ÚLTIMOS ESCRITOS

 

PUBLICACIONES A TÍTULO PÓSTUMO

 

 

LA MODA CANINA

LA POLÍTICA DEL INSULTO

NICOLE NEUMANN O EL CACHONDEO

OBRAS DE CARIDAD

PAREJAS DE HECHO

 

QUE SE MUERAN LOS FEOS, DE HAMBRE

LA SERIEDAD DEL PAYASO

MI IDENTIDAD ES ATAPUERCA

SODOMA Y GOMORRA

EL AÑO DE LA PATATA

 

LAS ADOPCIONES

EL ASESINO DE QUINCE AÑOS

PALOMAS ASESINAS

LAS OLIMPIADAS

SE DESMORONAN LOS TEMPLOS

 

MUJERES DE CERA

LOS VÁNDALOS

LOS MOSCARRONES

LOS CURAS AFICHE

LAS DUDAS


LA MODA CANINA

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Han puesto en Nueva York a desfilar a los perritos, es un decir. Estos perritos neoyorkinos, por lo trajeados, son incapaces de pasarela propia, de ahí que tengan que ir acostados en el regazo de la modelo para modelarse a sí mismos. Ahora todos nos hemos convertido en defensores de los derechos de los animales, es decir, en construir para ellos una nueva industria que no los favorece. Las industrias nuevas nunca son para favorecer a los animales, eso ya se sabe, sino a los defensores del derecho a la explotación de los animales.

     Andan los famosos del negocio inventándose derechos extra humanos para beneficiarse a sí mismos. Andan los famosos inventándose paternidad y alquilando muchachitos desnutridos por todo el mundo a los que pasearán por las pasarelas de los periódicos comprando exclusivas. Andan los humanos que no tienen tiempo para andar en otras cosas, exhibiéndose a sí mismos bajo la aureola de la caridad y la buena inversión de sus haberes. Y aquí, en Nueva York, han tomado en sus regazos a los perros convertidos en mascotas para que los flashes puedan sacarles una sonrisa.

     Pero no. Estos perros no ríen. Estos son perros esclavizados en el regazo temporal de una modelo, a la que pagan para que veamos la nueva indumentaria canina.

     Yo siempre vi a los perros vestidos al natural, en casa de mi abuelo, en casa de mis tíos y en la mía propia. Andaban a su aire campestre y cuando querían caminar no se despegaban de mis pasos. Nunca se me ocurrió adornarlos con una bufanda. Eso sí, mi mano muchas veces acarició su lomo, y sentí cómo lo agradecían. Y cuando llegaba el momento, se recostaban a los pies, no sumisos, no obedientes, sino para hacerme y hacerse compañía.

     Ahora veo a estos perros, que no son perros sino mascotas, en los brazos de la modelo, sin la libertad de poder corretear ellos por la pasarela.

     Nueva York, con este invento mercantil, ha matado a mis perros infantiles. Los han disfrazado de lo que no son. Les han privado de la sonrisa, no hay más que verlos. Les han pintado los labios si son hembras, y les han ocultado la identidad si son machos. Vistiéndolos, los han desvestido.

     Ya no son animales a su aire. Han querido humanizarlos, qué barbaridad, lo que resulta contra natura. Les han redactado derechos robándoles los derechos que ya tenían. Los han enjaulado en casas alfombradas, cuando el perro, al natural, sabe muy bien qué sitio le pertenece.

     Y, fíjense por dónde: a mí, que tanto me gustan los perros, éstos de la pasarela se me antojan horribles. Cuando yo era chico y mi abuela me mandaba al recado, me decía: anda, que te acompaña el perro. El perro era mi salvoconducto, mi protector. Ahora ya no lo tengo porque ando por el mundo como sobre una pasarela neoyorkina, a punto de desequilibrarme.

 

 


LA POLITICA DEL INSULTO

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Tengo que decirlo: Sarkosy, el presidente francés, no me cae. Y, la verdad, no sé por qué. Los presidentes, aun aquellos que son elegidos en buena lid y llegan a la silla por obra y gracia del voto de la mayoría, terminan no cayendo. Y aquellos que llegan a la silla sin votos, o con los votos camuflados, menos. He llegado a la conclusión de que soy alérgico a todos los que alcanzan un pedestal para querer eternizarse en él, o para pretender ser eternos mientras duren en el cargo. No es el hombre público, o la mujer pública, los que terminan en un rincón apartado de mi sentimiento, sino la prepotencia con la que se revisten, el traje que se enfundan en el momento de la toma del poder e incluso antes. Para matizar: se trata del poder indiscriminado lo que no me va.

     Hoy en día, según el dogma político, los presidentes que no son nuestros terminan siendo, a pesar de que no les hayamos dado nuestro aval electoral. Digo que terminan siendo nuestros pues influyen en nuestra existencia como si lo fueran Díganme los presidentes norteamericanos, del signo que sean. Díganme Putin, el ruso, que ha querido exportar su política más allá de su entorno. Díganme el venezolano Chávez, empeñado en hacer de Latinoamérica y alrededores, por la gracia de su revolución petrodolarera, su feudo. Se tata de personajes que han hecho de su fuerza democrática, o seudo democrática, el culmen de su desparpajo y de sus ambiciones.

     Sarkosy, el francés play boy, ha entrado en la lista de mis indeseables solo y exclusivamente porque se las da de guapo. Ha entrado en la política como el futbolista Beckham entraba en los campos de fútbol: vestido con el uniforme no del club al que sirve sino de la estética de su físico propagandístico y en compañía de su dama no menos farandulera.

     Los presidentes con primeras damas agraciadas físicamente terminan exhibiéndose a sí mismos más que a sus ideales. Putin, el ruso, no alardeaba de su esposa, tampoco Bush, pues la esposa de ambos era el poder en bruto y sin otro maquillaje. Sarkosy alardea de una esposa que se ve bien, y aunque ella pretenda ser discreta, el marido no se lo permite. Quizá porque el poder de esta dama resida más en la fotografía y en la libertad de movimientos que en otras menudencias.

     Al presidente francés le gusta la pantalla televisiva con la compañía de su esposa. No hay que criticarlo por eso. Cada hombre tiene derecho a presumir de lo que tiene. Chávez no puede presumir de mujer oficial porque se divorció de ella para casarse con la revolución, que es mucho menos femenina pero mucho más poderosa. Bush dejó en segundo plano a su consorte para casarse con la guerra, que le da más dividendos y con la que puede lucirse, al menos fotográficamente, mejor. Las mujeres revolucionarias de Chávez son feas y desgreñadas y con un verbo muy poco femenino. La de Sarkosy tiene más empaque, quiero decir, puede transitar por la pasarela sin que le tiemble el paso. Para eso está el marido, para auparla, si fuera menester. Lo que quiero decir es que estos señores presidentes no me caen porque, a su manera, cada cual nos restriegan a sus damas, unas de carne y hueso, y otras de temperamento bélico, por las narices. Y eso, para mí, es un insulto. Por eso no me caen. Y menos cuando llamó gilipollas a aquel señor que no quiso apretarle la mano porque tampoco le caía bien, como a .

 

 


NICOLE NEUMANN O EL CACHONDEO

Adolfo Carreto Hernández

 

 

    Prometió desnudarse en la plaza pública, para que no hubiera engaño ni montaje, y para que todas las miradas pudieran fotografiarla a pelo. No cumplió la palabra. Y eso que ya había mostrado su desnudez en otras gráficas, pero aquellas eran pagadas, y ese es argumento. En esta oportunidad no. Ahora quiso dar una muestra de su exuberante caridad natural y prometió una desnudez para todos, sin cortapisas, con fecha y hora señalada. Más de dos mil miradas argentinas acudieron a la cita pero la modelo dijo que no. Y ante la desesperación de los curiosos, porque no más que curiosear y un poco a la distancia se puede hacer en casos así, inició la retirada.

     El caso es que la argentinita Neumann prometió desnudarse en público, es decir, mostrar su identidad tal cual, para apoyar a las causas ecologistas, que buena necesidad tienen de apoyo. Y defraudó. Los defraudados se siente ofendidos y han amenazado a la modelo con el arma que ella quiso defender: Si no cumples tu promesa, nos hacemos con tu perrito, lo desguazamos y nos hacemos con su piel un abrigo. Da risa tanto la oferta de la muchacha como el cobro de peaje de los defraudados. Pero así son las cosas, y eso le pasa a Nicole por prometer algo por lo que no iba a cobrar. El show prometido se quedó en descalabro y con una amenaza de muerte: la de su perrito. Con la piel del animal, convertida en abrigo, los desafiantes podrán cubrir todas las desnudeces incumplidas de la argentina.

     Lo he dicho. El desnudo con sentido cabal tiene en mi un defensor, no el desnudo provocador, no el desnudo desafiante, no el desnudo propagandístico. Los desnudos a la luz pública nada revelan. Los otros sí. Los desnudos como santa santorum, sí. Quiero decir, los desnudos con el embrujo del sacramento misterioso.

     Unos y otros andan por las calles del mundo manifestando su desnudez para defender causas que nada tienen que ver con eso. Los curiosos,  ante estas manifestaciones destapadas, se ríen, no se compadecen con los afligidos. Se ríen de esas desnudeces que pierden el encanto de la desnudez. Se ríen de esos destapados que no ofrecen. Se mofan de esos cuerpos que, vestidos, proponían más.

     Andamos con muchas desnudeces sobre nuestras espaldas. Lo que ocurre es que no sabemos desnudarnos a tiempo, cuando merece la pena. Andamos prometiendo lo que no sabemos cumplir, y eso no cae bien. Me da igual que la Nicole cumpla o no su oferta. Lo que sí queda claro es que la piel de su can convertida en abrigo bien puede valer una desnudez. Cuando la muchacha atuse en su casa a su perrito, no sé qué le dirá. Ni sé tampoco qué súplica le rogará el animal con la mirada. Así es que se encuentra entre un tres y dos: o su cuerpo a la intemperie o su animalito correteando por la casa.

     Chavala, hay que mirarse antes al espejo, en la más estricta intimidad, para saber si merecen la pena las promesas. Porque, como dice el refrán: lo prometido es deuda, y las deudas se pagan: o con quitarse el impedimento a la luz pública o con hacer de la piel del animal un abrigo.

 

 


OBRAS DE CARIDAD

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Una de las últimas obras de caridad anunciadas a bombo y platillo por el presidente norteamericano es donar 5,2 millones de mosquiteras para los niños de Tanzania. Los niños mueren diaria y masivamente en Tanzania y otras geografías por muchas causas, entre ellas por las picaduras de mosquitos. En Tanzania no solamente hay muchos niños a la espera de picaduras, sino millones de mosquitos dispuestos a propinarlas. A Bush le dijeron sus asesores sanitarios: tiene usted, presidente, que echarse una vueltecita por donde el Kilimanjaro, que queda en el África Subsahariana, para comprobar in situ cómo es allí la guerra. ¿Y contra quién peleamos? Allí nosotros no peleamos, pelean los niños. ¿Pero contra quién? Contra los mosquitos, presidente.

     Al señor Bush esas guerras infantiles no le preocupan demasiado, pero cuando se enteró que no era necesario desplazar a los marines sino cargar un avión con algo más de cinco millones de mosquiteras, echó números y dijo que el asunto podía ser rentable. Siempre es mucho menos costosa una mosquitera que desplazar un tanque. Además, los mosquitos son inmunes a los disparos de los misiles, mientras que las mosquiteras pueden ser armas de prevención, mucho más inofensivas, que las bombas.

     Por los alrededores del famoso Kilimanjaro mueren más de un millón de niños al año, menores de cinco años, a causa de la picadura de los mosquitos. Bush, en su correría africana, vio esa muerte de cerca, y dijo: “El sufrimiento causado por la malaria es innecesario y cada muerte causada por la malaria es inaceptable”. Y se le ocurrió el remedio: que envíen para acá cinco millones de mosquiteras. A la operación se la bautizó con el rimbombante titular de Campaña de Compasión. Y dijo Bush, repartiendo besos a las embarazadas y entregándoles el juguete de una mosquitera para la protección de esos niños a punto de llegar y a punto también de ser picados: “Este es un modo práctico de ayudar a salvar vidas”.

     No digo que no, pero a uno se le remueve el estómago escuchando estas prédicas. Sigue uno pensando que el remedio no son las mosquiteras, aunque puedan aliviar a unos cuantos, sino hacer una guerra santa, bien diferente a las que patrocina el Pentágono, para erradicar de una vez la causa de la proliferación de mosquitos, que viene siendo mucho menos costosa que esas otras guerras que el señor presidente y sus aliados auspician.

     Digo que dan rabia estas recetas caritativas, estas campañas de compasión, cuando de lo que se trata es de lo que todos sabemos. Pero, bueno, mientras no logremos acceder al reino de la razón, al menos echemos manos de la migaja de la compasión. Aunque solamente sea para que los mandatarios puedan seguir rezando publicitariamente una plegaria poco efectiva.

 

 


PAREJAS DE HECHO

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Ya no hablamos de matrimonio sino de pareja. Por algo se empieza, Lo de matrimonio suena a infalibilidad y, al parecer, eso es lo que no cuadra. Vivir en pareja es vivir también matrimonialmente, pero sin el papel que lo acredita. La nomenclatura va todavía más allá: se habla de parejas de hecho, y se olvida, por si acaso, lo del derecho. Y las cifras, al menos las europeas, avalan este lenguaje, o mejor, esta realidad social.

      Me cuentan las estadísticas que siete de cada diez solteros españoles desean lo de la pareja estable pero, eso sí, sin boda. Lo de boda implica, lógicamente, el sacramento. Es decir, que los jóvenes españoles prefieren obviar el altar, no la estabilidad de con quien estar, vivir y pernoctar.

     Tengo personas muy cercanas en mi entorno que viven en esta novedosa y ya consentida realidad social. Y, al menos por ahora, no parece irles mal. El tiempo confirmará o rechazará las estadísticas. Hasta mi madre, ella tan apegada a la teología sacramental vaticana, aceptó el nuevo proceder de uno de sus nietos. Es verdad que ella hubiese preferido el vestido de boda, como Dios manda, lo más inmaculado y blanco posible, y con toda la parafernalia de entrada y salida en el templo, rodeados de los suyos. Pero terminó aceptando la nueva realidad una vez convencida de que a su nieto estaba funcionándole el invento.

     Mi sobrino encaja en esos porcentajes que dicen que el 67% de los españoles, apuestan por la pareja de hecho, en una relación estable, pero sin matrimonio. Solamente un 17% están interesados solamente en una relación pasajera. Quiere esto decir que todavía la tradición le gana la partida al suspense.

     Yo todavía pertenezco a los de la antigua usanza, y reconozco que, en este particular, mi madre terminó siendo más condescendiente que yo. No sé si mi madre llegó a tan sabia conclusión bajo el argumento de la tradición o bajo el sacrosanto argumento del respeto a la libertad sentimental de su nieto. Me inclino a que sopesó más este argumento que el tradicional, que siempre profesó.

     He reflexionado sobre el asunto y estoy a punto de concluir que lo del sacramento del matrimonio no solamente tiene su forma, es decir, la máscara con el que lo hemos montado, sino también su contenido, esto es, el de la perdurabilidad sentimental, eso que antiguamente que llamaba amor, que, a la postre, es lo que cuenta. Si el amor no se torna perdurable, el contenido caduca, se hace indigesto y puede conducir a males mayores. Preferir la forma al contenido, conservar el envase, pero no la enjundia que va dentro, no es solamente apostar por la forma, por la marca de fábrica, sino terminar estafando y estafándose. Se trata, digámoslo metafóricamente, de un producto pirata, como esos CD que se venden en la esquina, carentes de garantía. Suenan, cuando suenan, pero no con la originalidad que les da sustancia.

     A los jóvenes españoles pareciera que ya no les va lo de la parafernalia sacramental. Optan, en su todavía mayoría, por la perdurabilidad del contenido, prefiriendo desechar el continente cuando ya no es capaz de conservar en buen estado lo que va dentro.

     Ha comentado al respecto una sicóloga y periodista española, Leticia Brando, que este fenómeno “puede que sea el triunfo del corazón frente a la razón… El matrimonio, para muchas personas, sigue simbolizando el compromiso más profundo frente al otro”. La mayoría, según la última de las encuestas, busca una relación estable, pero sin boda. Lo cual no quiere decir que huya del sacramento, tal como lo entendía mi madre, eso es, la perdurabilidad del amor sobre la caducidad del vestido de boda, ese que, originalmente, solo se usa una vez para entrar y salir del templo. Lo que se usa diariamente no es el vestido sino el contenido.

     Pues eso, apostemos por las parejas de hecho mientras la sustancia sea eterna, pues tengo para mí que el contenido teológico del matrimonio reza: hasta que la muerte los separe. Lo que separa no es el ritual sino la muerte del amor. Y hasta ahí llega el sacramento.

 

 


QUE SE MUERAN LOS FEOS, DE HAMBRE

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Claro que no me refiero a Elsa Pataky. Ni a mujeres como ella se refería la universidad de California cuando nos descubrió el enigma del sueldo: los guapos ganan más que los feos. Este es un dogma que siempre hemos sospechado, al menos yo, pero que carecía del aval científico para corroborarlo. Cuando, en los años 60, se cantaba aquella tonada reiterativa de “que se mueran los feos”, el asunto iba por ahí. No hay peor discriminación que la fealdad; inclusive, es más discriminatoria todavía que la pobreza. Ya es decir.

     Los feos ganamos menos, lo ha dicho científicamente la universidad de California y no tengo objeción. El talento, los conocimientos, el esfuerzo hay que colocarlos en el currículum personal en segundo plano. En el primer plano, el porte, la elegancia, la compostura, en primer plano la fotografía, para comprobar si corresponde al resto.

     No le niego el talento a los guapos, y menos a esta Elsa Pataky que viene a cuento sólo como ejemplo. Ni siquiera me opongo a que cobre un poquito más compitiendo en igualdad de condiciones, pues no es lo mismo soportar el talento de un feo/fea guapo/guapa que el de un desarrapado. Vamos a ver si dejamos las cosas en su sitio. Pero de ahí a que un feo, en igualdad de condiciones, tenga que trabajar un mes más al año para igualarse con el guapo, tampoco. La guapura puede ser una compensación adicional, pero nunca un sustituto. Y ni siquiera en todas las profesiones.

     Hemos hecho de la guapura un requisito imprescindible para la supervivencia social, y eso tampoco va. Los feos no tienen por qué morirse, y muchísimo menos si son talentosos y de probado tesón.

     Pero es que la investigación va a más. Los talentosos catedráticos norteamericanos han llegado a la conclusión de que la fealdad se presenta como una gravosa discapacidad sexual. Y esto, ya duele. O sea, que no solamente desmejora nuestros ingresos económicos sino igualmente nuestros presupuestos sentimentales. Yo no sé cómo estos investigadores californianos van a resolver el entuerto. No sé qué asignatura introducirán en los programas de sus carreras universitarias para equilibrar el asunto. Me temo que no sea factible. Y, a pesar de que todo depende del color del cristal con que se mira, no cabe duda de que cuando nos topamos, así solamente sea en el celuloide, con la estampa de Elsa Pataky, la mujer nos ha ganado la partida.

     Así es que, para los feos, resignación. En el dinero, y en lo otro. Yo ya lo tenía asumido desde hace tiempo, aunque no fuera científicamente. Pero es bueno de que vayamos enterándonos por dónde transcurre el camino del empleo y del desempleo. Hay que cuidar el físico al menos para lograr ese 12 por ciento que a los feos nos han robado los guapos.

     No sé, por ejemplo, si Ronaldhino y Beckham están en igualdad de condiciones con respecto a su profesión futbolística, lo que sí está claro es que el inglés, por su guapeza, tiene muchos más emolumentos que el brasileño. Incluidas  las supuestas amistades propagandísticas y sentimentales de Hollywood.

 

 


LA SERIEDAD DEL PAYASO

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Se ha inventado una nueva religión en el mundo a la que yo bautizo como La sonrisa sin fronteras; se trata de un ritual cuyo objetivo es resucitar la sonrisa muerta. Los oficiantes de esta religión novedosa son payasos que se han echado a las calles del mundo removiendo los escombros de la indigencia para liberar, de entre ellos, la sonrisa, antes de que muera.

     Es el caso, por ejemplo, de tres oficiantes españoles de este ritual que se fueron en peregrinación a Haití, concretamente a Puerto Príncipe, para ritualizar, en el templo de los barrios sin techo, el sacramento de la risa. Hay que dejar constancia de sus nombres misioneros. Aquí están, para que conste: Raúl Garbayo, Tito Benet y Alba Sarraute.

     Eligieron Haití porque en esta nación caribeña hace tiempo que han amordazado a la sonrisa, y quién sabe si este sacramental payaso la saque a flote. Dicen que por la empobrecida Puerto Príncipe deambulan más de 250.000 muchachos por las calles, sin techo que los cobije. El heladero que todos los días transita con su carrito de helados por mi calle caraqueña es ahitiano, color azabache caribeño importado desde África hace siglos. Le he preguntado lo de los chavales de su tierra y me dice que sí. He querido intentar ver la sonrisa de este mozalbete, que se hace acompañar con el tintineo de una musiquita de campanillas arrastrando su carrito de helados, y no lo he conseguido. Sigue siendo un muchacho haitiano de la calle, pero esto para él es un cielo en comparación con su deambular por Puerto Príncipe. Él, que no es payaso sino haitiano a la intemperie, vende helados a los niños caraqueños para que les sonría el paladar, es un premio.

     Cuando yo era chico, en mi pueblo la calle era mi casa. Mi madre me decía: Vete a jugar, por ahí. E iba. “Por ahí” era la calle, la cercanía, estar siempre a la puerta; era el lugar protegido, la libertad sin trauma. Por ahí era, por ejemplo, mi primo José o mi amigo Manolo. Pero, a la hora convenida, y sin previo aviso, volvíamos a la casa.

     Para estos 250.000 niños ahitianos, la calle es el lugar de la desesperación. Es sorprendente que uno de estos chavales, al ver a los tres españoles, y ya con sonrisa en los labios, haya confesado: es la primera vez que veo un payaso. Es decir, el milagro se hizo, el sacramento surtió efecto y la resurrección fue la sonrisa infantil.

     Pues sí, esta religión de la sonrisa hay que predicarla y divulgarla. Estos misioneros payasos, con sus narices pintadas y sus piruetas resucitadas son los sacerdotes modernos en pos de la liberación de la sonrisa infantil. Por eso he querido dejar constancia de estos tres nombres españoles: Raúl, Tito y Alba, que han levantado el altar de su liturgia en las calles de Puerto Príncipe para que alguno de estos 250.000 muchachitos sonrían por primera vez. Aunque no los vea por mi calle vendiendo helados.

 

 


MI IDENTIDAD ES ATAPUERCA

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     En marzo de este año me sorprendieron con la noticia: soy de Atapuerca. Y, al parecer, no solamente yo, aunque por definición geográfica tenga identidad castellana, sino todos, que por cédula de identidad reciente somos de raigambre europea. Así es la burgalesa zona de Atapuerca se ha convertido en nuestra cuna de nacimiento nada menos que desde hace 1,2 millones de años.

     Miren por dónde nuestro paraíso terrenal, primigenio, fue ideado en esos parajes, exactamente en el nivel TE9 de la Sima del Elefante. No es mucho lo que los paleontólogos han encontrado de nuestro Adán europeo: una mandíbula y un diente, amén de algunas herramientas de piedra, utilizadas por nuestros ancestros, entre otras cosas, para alimentarse.

      Quiere esto decir que los europeos, sin excepción, y según el acta de origen firmada por los paleontólogos, tienen necesariamente que peregrinar hasta Atapuerca para conocer su lugar de nacimiento.

     Hasta hace poco creíamos que éramos, los europeos, muy viejos: 800.000 años, pero hete ahí que estos señores, escarbando, nos han aumentado 400.000 años más de un plumazo.  Casi es mejor dejarlo así. Si continúan escarbando nos van a aumentar muchos miles de años de vida más.

     Los españoles nos hemos convertidos en los Matusalenes europeos. Si hay alguien que tiene peso sobre sus espaldas somos nosotros. Y no digamos si de experiencia de supervivencia se trata. Eso del Neardental es cosa, como quien dice, de ayer mismo. Ahora somos “Homo antecesor”, y eso da mucho caché.

     Este Adán, pues hasta ahora solamente se han topado con una mandíbula y un diente, nos ha dejado en herencia, por lo menos, 32 herramientas de sílex, de entre 30 y 75 milímetros, utilizadas para aprovechar la carne de algunos herbívoros. Lo cual, que somos también carnívoros por naturaleza, de nacimiento.

     El por qué de la preferencia de este lugar por nuestros homínidos, la desconozco, pero alguna razón habrá. Así es que la cuna de Europa se encuentra en Burgos, en Castilla, y a partir de ahí todo comienzan a ser fronteras.

     ¿Y qué de las nacionalidades cuyo argumento es la antigüedad y la geografía? ¿Y qué de las guerras fronterizas por una franja más o menos de tierra? ¿Y qué el refrán de que todos los caminos europeos conducen a Santiago? Pues no. Todo va a dar a Castilla, a Burgos, más en concreto. Que digan lo que quieran ahora Carod y los suyos. Que digan lo que quieran los de la ETA y demás. Estos paleontólogos han descubierto nuestro lugar de origen y aquello de lo que ahora muchos intentan presumir no son más que fracturas.

     La historia es así: luchamos por lo que no sabemos. Nos inventamos orígenes desconocidos. Falsificamos el ADN de nuestra auténtica identidad. Escarbando podemos llegar hasta donde no pensábamos y descubrimos lo que no nos imaginábamos.

     Pero, es igual. Cada quien seguirá presumiendo de su supuesta identidad reciente, y este “homo antecesor”, de 1,2 millones de años sobre la tierra burgalesa, no puede ofrecernos muchos más: una herencia de 32 herramientas de sílex con las que se ayudaba para mantenerse. Tampoco hemos avanzado tanto durante el transcurso de estos 1,2 millones de años  para inventarnos tantas banderas.

 

 


SODOMA Y GOMORRA

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     En esta arcilla se escondía el misterio. De aquella tempestad de fuego y azufre que, según la historia del Génesis, envió Yahvé sobre Sodoma y Gomorra porque no quedaba ni uno solo que estuviera libre de pecado y perversión, nos ha quedado el testimonio de esta arcilla que ahora se exhibe en el Museo Británico y que el arqueólogo Henry Layard consiguió un día escarbando en las ruinas del palacio de Nínive.

     Ahora, los concienzudos expertos en descifrar los códigos lingüísticos desconocidos han podido leerla, y han encontrado precisiones mítico históricas insospechadas. Primero, que aquella tempestad de fuego y azufre, caída como castigo sobre Sodoma y Gomorra, por la persistente desfachatez de sus habitantes, no fue tal, sino que se trata nada menos que de un meteorito, el cual cayó sobre esa geografía depravada nada menos que el 29 de junio del año 3123 antes de Cristo. Lo han dicho científicos de la Universidad de Bristol y yo, por principio, contra la ciencia no me meto, aunque lo descubierto no me satisfaga. La historia, que es también científica, nos ha descalabrado más de una vez, y nos ha obligado a desmentir más de un entuerto.

     En lo que sí parecen concordar el mito religioso y el descubrimiento científico es que por aquellos años, y en aquella geografía, las cosas no andaban bien, o no ni al gusto de la fe de entonces, ni al gusto de la geografía de entonces.

     Hasta ahora había tenido mis sospechas en torno a lo acontecido con Sodoma y Gomorra. Estas dos ciudades y su tragedia se me asemejaba mucho más a lo cercano y constatable. Es decir, a lo de Hiroshima y Nagasaki: dos ciudades lejanas en el tiempo y en la distancia y sobre ellas el desastre de la destrucción en base al fuego. Eso sí, lo que estos científicos de la universidad de Bristol vienen a puntualizarme es que lo de las ciudades japonesas fue producto de las manos humanas, y que lo de las ciudades de por allá no fue producto de la malsana intención divina sino del descarrío de un meteorito. Y eso, aunque no mucho, en algo cambia las cosas. Puede ser que alguien lea de otra manera y sugiera que sí se trató de la mano de Yahvé, al torcer el curso del meteorito para que diera en el blanco.

     Me satisface, tengo que admitirlo, que los científicos hurguen en estos entuertos. Siempre se logra una nueva luz para las interpretaciones confusas y para la aclaración de los mitos. Y, si se trata de mitos religiosos, mejor.

     O sea, que es verdad. Sodoma y Gomorra fueron arrasadas por obra y gracia del fuego, aunque viniera envuelto en forma de meteorito. Quizá lo de menos sea el envase. Lo importante, como siempre, es el contenido. El envase es la envoltura con la que acicalamos al producto para que nos cautive y alarguemos la mano hacia él. Lo malo es que, a veces, puede ocurrirnos como le ocurrió a la esposa de Lot, el sobrino de Abraham, por no obedecer la orden: quedar convertidos en estatuas de sal ante el acontecimiento.

 

 


EL AÑO DE LA PATATA

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Si le digo: he comido solanum tuberosum, usted ni se entera. Pero si le digo: ¡qué ricas las patatas!, el asunto cambia. La patata, desde que los descubridores retornaron a puertos peninsulares, allá por el siglo XVI, se convirtió en el plato fuerte de nuestra alimentación. Hasta nuestros días, pues la patata si no sigue siendo el plato fuerte de nuestra dieta diaria, difícilmente falta como entrada, como vitualla, o como lo que sea. Solamente el arroz y el trigo, dicen, pueden ganar a la patata en eso de la universalización y alimentación masiva. Pero, recuerdo, en mi casa, durante aquellos años de posguerra, podía faltar arroz, patata, nunca.

     Y ya que nos ponemos en plan científico en eso de solanum tuberosum, de difícil comprensión, me apuntan que la palabra “patata” es el resultado semántico de la batata Dominicana y de la papa quechua, indígena de raíz. De ahí que, como me enseñó mi maestro de pueblo, todo junto: patata. Por aquí, por estos lados donde habito y, por ende, como, continuamos con la originalidad quechua: papa.

     La papa o patata, aunque andina de origen, es española por la universalización comercializada que de ella se hizo, de ahí que no pocos europeos piensen que se trata de un producto castellano, andaluz o extremeño. Pero no: es de raigambre andina, de altiplanicie, y hasta de otras tierras más bajas de por aquí.

     Vicente Van Gogh, con su pincel, identificó a los pobres y campesinos de su entorno, como los resignados comedores de papas. Era lo que estaba más a mano, a la puerta de la casa, en el huerto. Pero aunque la patata siempre fue comida de pobres nunca lo fue en exclusividad, y menos ahora, con toda la comercialización que de ella se ha logrado.

     Qué sé yo cuántas variantes de patatas hay… Para mí existe la que sembramos en el humilde huerto de mi abuela y con la que nos alimentábamos todos. ¿Qué plato de mi niñez no llevaba patatas? Solas, con garbanzos, con alubias, cocidas sin más, con algo de condimento e ingredientes al gusto o según la despensa, asadas en el rescoldo de la lumbre, para merendar, con aquel poquito de sal, o fritas, y con un poquito de cebolla. ¿Sigo?

     Yo no sé si ustedes, pero yo le debo lo que soy a las patatas de mi abuela. Ahora ya no. Ahora la patata no es la que se come una vez manchadas las manos de la tierra del patatal sino la que viene empaquetada, como las normas de salud y calidad indican.

     ¿Y todo esto, para qué? Muy sencillo. Han proclamado oficialmente este año como el Año de la papa, con el objetivo se incrementar la producción y el consumo de patata en las naciones en desarrollo. Dicen los expertos de la FAO que con la patata podría eliminarse el hambre en el mundo, pero me temo que no, pues la patata, es decir, el solanum tuberosum es, además de un tubérculo, un producto político, que no puede sembrarse y distribuirse para compensar a todos los paladares.

     En cualquiera de los casos para mí, la patata, sobre todo la del huerto de mi abuela, sigue ocupando el lugar en el altar que le corresponde, pues no poca hambre me remedió.

 

 


LAS ADOPCIONES

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Ahora que están tan de moda las adopciones, el Vaticano ha adoptado un parque, en Hungría. Lo han adoptado para la conservación. Es decir, el Vaticano, fiel a su línea conservadora, intenta convencernos ahora de cómo se protege a la naturaleza. En ese parque, o bosque, o como se le quiera llamar, que no es de tantas hectáreas, tienen cabida todos los animales salvajes, menos la serpiente, que es siempre un reptil muy sibilino y pecador. La iconografía vaticana nos ha enseñado que contra este animal solamente puede la planta de la Virgen.

     Dicen que esta adopción es más que nada simbólica, puesto que en el Vaticano no hay muchos expertos para la conservación de la fauna y la flora. Pero, por algo hay que empezar. Antes, las recomendaciones vaticanas venían a través de las Encíclicas, las cartas pastorales, las amonestaciones por escrito y otros papeles de consideración. Ahora les ha dado por eso de las adopciones, será porque quieren ponerse a la par de los tiempos.

     Aunque no es desdeñable la idea, en vez de adoptar arbustos y follaje podían haber adoptado niños, ya que escasean tanto las vocaciones. Y entre otras cosas, escasean las vocaciones porque escasean las criaturas, a no ser en países en los que escasea todo menos los niños. Por ahí podíamos empezar y así salvábamos de un solo tiro tanto a los desnutridos como a los seminarios.

     Aseguran que este Pontífice es ecologista, y no es poco. Seguramente ha visto, aunque sea por televisión, los destrozos de las llamas veraniegas en Italia, Grecia, España y otros lugares y ha sentido que el infierno, siempre refugio de las llamas eternas, amenaza con más furia que nunca. De ahí su empeño en ritualizar la preservación de la naturaleza, a la que Dios creó como un jardín idílico, para que no volvamos a recrear el pecado original.

     Insisto en que esta adopción no es baladí. La tierra se quema por los cuatro costados e igualmente se ahoga. Y hay que preservarla. Piensa el Papa, bien pensado, que se están desatando los diluvios al igual que los infiernos, y para eso nada mejor que preservar los bosques. Que el Vaticano no puede ponerse manos a la obra en toda la geografía, es obvio; de ahí la adopción de este pequeño bosque húngaro para enseñarnos cuál es el camino de retorno al paraíso terrenal.

 

 


EL ASESINO DE QUINCE AÑOS

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Este que ven aquí no es el asesino sino la víctima. El asesino es de 15 años y la víctima de once. El asesino montaba en bicicleta, se cubría con pasamontañas y escondía en la cintura la pistola. El asesinado propinaba patadas a un balón, quién sabe si soñando con ser Beckham algún día. El asesino ha sido puesto en libertad, sin cargos, porque a los 15 años se carece de uso de razón para matar. La víctima ha quedado eternizada así: un altar en su casa, con su fotografía de niño que empieza, escoltado por unas flores y una vela encendida. La mirada del niño, que perdura, terminará mustiándose al ritmo natural de las flores y a la velocidad del desgaste de la vela prendida.

     Esta criatura de once años ha quedado sobre una mesa casera, en forma de foto, por culpa de un encapuchado de quince años que no sé cómo se llama, ni me interesa. Tengo para mí que los encapuchados no tienen edad, jamás la han tenido, ni la quieren. Los encapuchados, de la edad que sean, son sombras que matan sin que nadie sepa por qué. Y lo curioso es que, luego de matar, quedan en libertad, sin cargos, por eso de la minoría de edad. Si los niños y jóvenes quedan en libertad y sin cargos, por carecer de uso de razón, a alguien hay que cargarle los muertos.

     Esto de la violencia infantil y juvenil se ha puesto globalmente de moda y no hay ley que la detenga. Ni hay ley en sus hogares, ni la hay en sus comunidades ni mucho menos en las Leyes formales y oficiales para que los muchachos puedan dar patadas a un balón, en el patio, o ir a clases al colegio. Pareciera que las leyes son más protectoras para los asesinadores  que para los asesinados. Y así no.

     Algo está pasando con esta sinrazón de la violencia infantil y juvenil. Los muchachos, sobre todo cuando íbamos a la escuela, siempre nos hemos caído a golpes, siempre hemos formado pandillas, siempre hemos tenido rivales. Puede que llegáramos a las manos, pero nunca a las pistolas. Ahora parece que la muerte es más sencilla y los pandilleros más sofisticados. Resulta más fácil apretar un gatillo, venga o no a cuento, que propinar un sopapo. Y así nos va.

     Este chaval de quince años ya tiene en su haber un muerto de once, es decir, ya está entrenado para matar, y con lección bien aprendida. Mientras tanto, la víctima se contenta, qué remedio, con un altarcito en su casa, y un ramo de flores y una vela encendida que terminarán también apagándose. Y así, no.

 

 


PALOMAS ASESINAS

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Quién iba a decir a Picasso que esta forma tan sucinta, simple, clara y libre de simbolizar la paz para siempre era la definitiva. Cómo se le ocurrió a Noé lanzar por el ventanuco de su arca a una palomita para diagnosticar la profundidad de las aguas de la inundación. Picasso agarró con el pincel a esa paloma de Noe, ya con el ramito de oliva en el pico, para decirnos: salgan del arca, la paz y la libertad están servidas.

     Pero hete ahí que no. Las palomas han dejado de ser esas anunciadoras de tranquilidad para convertirse en asesinas del arte y eso no puede gustar a Picasso. Las palomas se han adueñado de las plazas públicas para anidar en los edificios cercanos, en sus rendijas, en sus aleros, sobre sus estatuas. Así es que las palomas ni son pacíficas ni artísticas, según nos hizo creer Picasso, dejándose embaucar por Noe.

     Hay aves que están en proceso de extinción y otras no. Otras proliferan, y de mala manera. Entre éstas, las palomas. Toda ciudad que se precie ha de tener su plaza de identificación gracias a las palomas. Y en cada plaza, padres con sus niños espolvoreando granos para que las palomitas, tranquilas, sin asustarse, protegidas, se alimenten. Y las palomas persisten en su oficio de andar picoteando por aquí y por allá y ensayando vuelos muy cortos ante el débil amago del muchachito.

     Digo que no, que todo esto es literatura infantil y pacífica, que las palomas se las traen y que, en vez de adornar los espacios públicos citadinos, los manchan y los destruyen. Así es que hay que aventar a las palomas, por mal criadas y por atentatorias contra las fachadas artísticas de los edificios, y por otras muchas cosas.

     En Florencia, donde hay mucha plaza y mucho arte en toda su geografía, hay también mucha paloma. El asunto es cómo deshacerse de ellas pues, hasta para su digestión picotean estatuas extrayendo esos granitos de arena que les van tan bien. Las autoridades de Florencia andan dándole vueltas a la manera de deshacerse de estas aves. A perdigonazos, no, eso está muy mal visto por los ecologistas y muy posiblemente también por los padres de los niños que corretean por las plazas. Y quién sabe si uno de esos perdigonazos se desvía de la plaza y va a dar al papo de la paloma de Picasso, o la de Noe, y nos la aniquila.

     Entonces parece que no hay más que ponerlas a dieta forzada. Y de ahí la ordenanza: para que los chavalitos no espolvoreen granos por las plazas, prohibir la venta de granos. Así las palomas tendrán que emigrar hacia su lugar natural, que son los trigales y el campo abierto. La ordenanza dice: “Venecia prohibirá tirar arroz en las bodas y vender grano para alejar a las palomas, porque los problemas que provocan estas aves cuestan unos 275 euros al año a cada ciudadano, y porque destrozan a picotazos las estatuas y bajorrelieves para agarrarse o limar el pico, y porque pican a los monumentos para extraer pequeñas piedras que favorecen la digestión”.

     El asunto es si las palomas citadinas se enfadan, se ponen en huelga y reclaman sus derechos, que vienen ya desde siglos. A estas palomas no se les puede privar de su enclave citadino, ganado en derecho siglo tras siglo. Ya habrá defensores que las defiendan con argumentos.

     Pero una cosa sí ha quedado clara: que las palomas que tenemos a mano no son tan benignas, pacíficas ni artísticas como Picasso se empeñó en dibujar. Y que no se les ocurra a estas palomas de plaza y fachada catedralicia coger uno de esos virus que a veces les dan por las aves. Ahí sí  el asunto se nos complica. Lo cierto es que están cayendo todos los simbolismos, incluidos los más pacíficos. Que caiga este de la paloma de Picasso me da mucha pena.

 

 


LAS OLIMPIADAS

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Estas Olimpíadas han comenzado con otro trote. A qué ritmo terminarán, todavía no lo sé. Estas Olimíadas han comenzado rompiendo el camino de la paz, pues dicen muchos que el inicio de estas Olimpíadas no está transitando por las pistas de la paz. Estas Olimpíadas han modificado el logotipo de aros engarzados en hermandad competitiva para transformarlo en argollas de presos, en esposas para amordazar las libertades. Estas Olimpíadas, como todas, comienzan en Atenas, con ceremonia inmaculada de llama pacífica, para terminar en Beijing sin lograr batir el único record que importa: el de la paz.

     Comienzan oficialmente las Olimpiadas con palabras oficialmente mentirosas de una parte, y pancarta de protesta, desplegada, por la otra. Si no hay paz, dice la pancarta, que no haya Olimpiadas, o no en esas pistas. La voz oficial responde: que haya Olimpíadas para que haya pistas. Y no se entienden.

     Estas Olimpiadas las iniciaron los monjes budistas vestidos de rojo por las calles tibetanas enfrentándose a la represión china. Ya los templos budistas se han santificado con el sacramento de la rosa sangre derramada, pero eso no debe ser obstáculo para que a los chinos les enturbien el espectáculo. Ahora, a los monjes, se les han unido Reporteros Sin Fronteras, que se niegan a que la llama prospere y llegue a su destino.

     A los protagonistas de la pancarta las autoridades los han acusado por ofender a los símbolos olímpicos, esto es, por convertir los aros en esposas. Y ese es un pecado muy grave, un atentado contra la paz. La represión oficial china es una defensa del olimpismo. De ahí que estas Olimpiadas no cuadren.

    A estas primeras de cambio algunas intenciones han hablado ya de boicot. Pareciera que esta alternativa no cuadra, entre otras cosas porque las Olimpíadas, además de ser competencias deportivas, también lo son políticas, y no digamos económicas. La represión china en Tibet es un mal menor que pueden soportar los gobiernos, incluidos los afines a la causa tibetana. La economía y otras bondades más a tono con nuestro tiempo parecen tener más peso. Así es que el intento de Sarkosy de alertar sobre la posibilidad del boicot no ha tenido eco.

     Falta todavía otra amenaza: la del fanatismo terrorista. Y esas ya son palabras mayores. Así es que nos tocan unas Olimpiadas con más de un record político que no terminará de romperse aunque sin duda caigan muchos deportivos. Me temo que en estas Olimpiadas los tibetanos tampoco obtendrán medalla que mundialmente los acredite.

 

 


SE DESMORONAN LOS TEMPLOS

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

    Podría ser una pagoda, o una mezquita, o una sinagoga, o la pirámide mexicana de la Luna, en Teotihuacan, o la catedral de Burgos. Pero si hemos elegido este templo dedicado a Ramsés II es porque él nos proporciona la noticia: está a punto de desmoronarse. Las aguas del Nilo están royendo los cimientos de los templos de la antigua Tebas, en donde supuestamente descansan los dioses egipcios, y es algo así como si los dioses se quedaran sin su santuario.

     Los templos, de la religión que sean, me cautivan todos. Antes me cautivaban por la historia y por el arte. Ahora me cautivan por la fe, así sean los templos de mi personal creencia. Cuando descuidamos la seguridad de los templos vamos descuidando también la seguridad de la fe, y este descuido, a la postre, terminará siendo irreparable.

     Cuando los talibanes comenzaron a destripar a los Budas pétreos que daban la bienvenida a sus templos, me causó quemazón por dentro. Cuando los ateos, o los bombarderos, que viene a ser lo mismo, destrozan cúpulas, me entra idéntica quemazón. Cuando los fanáticos, del signo que sean, arremeten contra catedrales, igual se me estremece la fe.

     Yo sé que el templo auténtico, sin trampa, es aquel que cada cual construye dentro de sí y a la medida de su creencia. Esto me lo enseñó Jesús, el de Nazaret, cuando la disputa entre los judíos y los samaritanos por la primacía de Jerusalén o de Garizín. Pero como la fe no solamente es un patrimonio personal sino también colectivo, me entristece enormemente que los templos de piedra, inclusive las ermitas pueblerinas, vayan desmoronándose a causa de lo que sea.

     Dicen que los templos egipcios se tambalean a causa de las aguas del Nilo; o mejor, por culpa de la presa de Suán, a unos 250 kilómetros de Luxor. Desde 1970, cuando se concluyó dicha presa, el nivel de las aguas subterráneas han subido tan considerablemente, que los cimientos del lugar eterno de los dioses pueden venirse abajo. Pero tengo la duda de si esta posible hecatombe sea realmente causa de la modernidad arquitectónica o de la falta de creencia. Algo parecido, también por causa de la modernidad del trazado del AVE puede ocurrir con La Sagrada Familia barcelonesa de Gaudí. Lo que me entristece no es solamente que desaparezcan estas monumentales y artísticas obras de arte, patrimonio del mundial sentimiento artístico, sino que también vaya cediendo la creencia sobre la que se asentó sus cimientos.

     Se ha ido difuminando el sonido de las campanas, que tantas oraciones despertaron, bajo el estruendo de los aviones o de los trenes de alta velocidad. Es un decir. Lo que insinúo es que estamos dando más valor a una represa o a la alta velocidad que a la meditación junto a ese dios verdadero patrimonio de todas las religiones. Y es una lástima.

 

 


MUJERES DE CERA

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Esta puertorriqueña, que tanta divulgación fotográfica publicitaria ha derrochado por mérito propio, ha sido elegida para ser convertida en mujer de cera. Esa foto todavía no ha llegado a mi retina, pero llegará. De eso se encargará la publicidad, y sin que yo se lo ruegue. La han colocado en el centro de Washington DC para que los curiosos que solamente tienen acceso a ella a través de las gráficas impresas, de las gráficas monumentales de las vallas y de las gráficas vivientes de la televisión, la tengan también a un cuarto de las narices y en todas sus dimensiones. Pero, eso sí, vestida de cera. Es decir, que la imagen de esta famosa cantante y exhibicionista sobre los escenarios, estará expuesta a derretirse al roce de tanta mirada caliente de los neoyorquinos. También de las neoyorquinas.

     Me informan que el atuendo de la cera carnal de Jennifer ha sido acicalada con un vestido de noche, rojo, para que resalten convenientemente todos los atributos que le pertenecen. A estas alturas ya se encuentra más protegida, y quien quiera verla tendrá que pagar entrada, pues su destino es el lugar sacrosanto de los museos. En este caso, evidentemente, se trata de un museo de cera bautizado como Madame Tussauds.

     Camila Parker, la segunda esposa del príncipe inglés, Carlos, el que se hizo popular por los desplantes que le daba a Lady Di, aunque fueran desplantes a puerta cerrada, Camila Parker, digo, también ha sido convertida en mujer de cera, y también para un museo, y también del mismo nombre, Madame Tussauds, pero éste ubicado en Londres. Camila ha sido ubicada en el panteón museístico, pero de cera, de la familia real inglesa.

     Pues ya está: las mujeres que dan que hablar, por las razones que sean, irán convirtiéndose en estatuas de cera para perpetuar tanto sus venturas como sus desventuras. Lo de Camila no va precisamente por lo del físico, sino por lo del parentesco y del escándalo real; lo de Jennifer López va por la voz y el ritmo, pero sobre todo va por el físico. Las que las acompañen en los respectivos museos irán por las razones que sean, pero todas por derecho propio.

     Los museos de cera, al menos a mí me lo parece, son reproducciones de realidades que no se compaginan con la realidad. Las personas allí exhibidas se convierten en momentos caprichosos de vidas caprichosas, y  sirven únicamente  para la interpretación personal de quien con ellas se tope. Los museos de cera siempre se me han antojado ficticios, sin vida real en quienes allí reposan. Parecen más cementerios que auténticos museos artísticos. Que a Camila la hayan arrinconado en el museo londinense, no me importa, pero Jennifer no debió acceder a ser convertida en cera, y menos en vida. Parece, a mí me parece, que la cera desentona no solamente la voz de la cantante sino también el cuerpo de la exhibicionista.

     Me dicen que los neoyorquinos, en vez de derretir a esta estatua de cera de la puertorriqueña, se han derretido ellos al contemplarla. Y es que la cera es así: antes o después termina derritiéndose, o derritiendo. Es decir, queda en nada.

 

 


LOS VÁNDALOS

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Nos dijeron que los vándalos venían del norte. Los vándalos nos asolan desde los cuatro puntos cardinales. Para los vándalos no hay santuario a respetar, ni ideas a confrontar. Para los vándalos solamente existen objetivos a mancillar y destruir.

     La religión de los vándalos es la de la destrucción. Los vándalos se han bautizado como los dueños de un pensamiento único y aniquilador, jueces contra todo aquello que no encaja filosofía del aniquilamiento. Los bárbaros solamente saben defender a los de su misma especie cuando los de esa especie son ya incapaces de defenderse.

     Los vándalos se visten con un pasamontañas, con un pañuelo en la cara para ocultar esa identidad que los desfigura. Los vándalos se echan a la calle para quemar banderas, para patear a inmigrantes, para destrozar las fachadas de los edificios, para pintar símbolos que asquean, para atentar explotando vehículos abandonados, para rociar con gasolina y luego prenderla, a cuanto indicativo no se adhiera a su causa.

      Los vándalos se auto identifican dejando su seña de identidad, unas veces nazi, otras veces Eta, otras FARC, otras Che, o Fidel, o Chávez, sobre muros a la vista de todos, pintarrajeándolos con spray.

     En esta ocasión los vándalos han irrumpido en el cementerio de Ablain-Saint-Nazaire, en Francia y han profanado estas tumbas de soldados musulmanes con lo que ven: la cruz gamada. En esta ocasión los vándalos han envestido contra el islamismo, igual que en otras ocasiones contra el cristianismo, o contra el club de fútbol contrario, o contra la Iglesia, el templo, la mezquita, la pagoda de la religión que adversan

     Los vándalos son los fanáticos contra lo que sea. No tienen en su haber más que el arma de la destrucción, así solamente sea un pote de spray para rociar la mente de quienes hasta los toleran.

     Digo que en esta ocasión recurrieron a un cementerio, donde los muertos no pueden defenderse, y dejaron, sobre las tumbas, su impronta.  Mañana arremeterán contra la fachada de nuestra identidad, para igualmente mancillarla. Además de profanar las tumbas, tuvieron la desfachatez de dejar en el cementerio una cabeza de cerdo, y un aviso mortal contra el ministro de justicia francés, Rachida Dati, solamente por el pecado de ser originario del norte de África.

     Son los vándalos, que vienen de todas partes y que siempre nos encuentran indefensos. Y solamente por eso, piensan que han ganado.


LOS MOSCARRONES

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Se trata, por ahora, de una sugerencia: que las moscas son unisex. O, con más precisión: que el cerebro de las moscas es unisex. Eso de que el sexo se encuentre en el cerebro no es descabellado. Para corroborarlo, el dicho: amor a primera vista. La revista científica, Cell, que es la que publicita la investigación, matiza  y titulo: Amor a primera luz. Y es que el causante de este descubrimiento, la unisexualidad del cerebro de las moscas, ha sido el rayo láser.

     No sé qué sospecha de los científicos de Yale y Oxford los indujo a explorar en el cerebro de las moscas. Lo cierto es que activaron con un rayo láser el cerebro de las hembras y descubrieron que éstas terminaban comportándose igual que los machos en lo concerniente al rito del cortejo sexual: las hembras se pusieron a cantar, es un decir, haciendo vibrar una de sus alas, tal cual los machos.

     Las serenatas, en el caso de los humanos, siempre fueron un ritual de reclamo de los machos para con las hembras. Se plantaban los cantantes ante el balcón de la moza y, con más o menos desparpajo, entonaban el mensaje de sus apetencias. La moza, qué remedio, terminaba entreabriendo las ventanas, o espiando tras los visillos, según el caso, según la permisología materna o paterna, para dar el visto bueno a la copla. Las tunas universitarias, por ejemplo, no son más que desenfadados mensajes amorosos, intelectualmente musicales, del ritual del amor estudiante y callejero. Después, es muy posible que los amantes encontraran su escondrijo en el huerto de la Celestina, es un decir, para cumplimentar sus apetencias.

     Ante este sacramento machista, divinamente aceptado por la feminidad, las hembras moscas se han revelado y gracias al estímulo del láser han comenzado a protagonizar ellas mismas ese ritual que yacía en sus neuronas, un poco aprisionado, y se han dedicado a agitar danzonamente una de sus alas para hacerse notar. Los humanos, machos y hembras, hemos avanzado en esto de los rituales. Quiero decir: maneamos las alas de otra manera más sofisticada. Estimulamos nuestras neuronas no con rayos láser, o eso creemos, sino con las recetas que nos dicta la oferta y la demanda del ritual del acercamiento. Los moscos llevaban hasta ahora la iniciativa, ya que las hembras habían dejado en el duermevela de su cerebro, el reclamo propio. Pero no ha sido necesario más que un empujón de rayo láser, y a control remoto, por parte de los experimentadores de Yale y Oxford para que las moscas hembras alardeen alborotadamente de sus ansias, y se pongan a danzar.

     Lo único que me preocupa es saber si nos van a empujar para que todos, machos y hembras, nos convirtamos en moscarrones.

 

 


LOS CURAS AFICHE

Adolfo Carreto y Hernández

 

 

     Estos curas que ven ahí fueron seleccionados como caras bonitas para confeccionar un calendario. Es decir, que cada uno de ellos, doce en total, servirán de afiche en los cuartos de feligresas, para que, durante el transcurso del mes correspondiente, les recuerden sus obligaciones religiosas. Se me ha ocurrido llamarles “los curas afiche”, y no peyorativamente. Sabemos que el envase no es el producto, pero el envase cuenta, y mucho. A veces, se me antoja, hemos descuidado sobremanera el envase religioso, de ahí que el producto pasara desapercibido.

     La Iglesia también necesita apoyarse en técnicas novedosas de comercialización, quiero decir, de puesta al día, no para la venta comercializada, sí para de divulgación religiosamente acertada, del producto religioso que promociona. No se trata de copiar a rajatabla las tácticas mundanas que, aunque suelen ser efectivas comercialmente, no siempre lo son moralmente. Pero sí de promocionar la fe con semblante de buen gusto. Por eso, no estoy en contra de este calendario promocional, y mucho menos de que estos jóvenes sacerdotes hayan prestado su imagen, es decir, su buen ver físico, para estimular a feligreses y feligresas al buen ver espiritual del contenido.

    Quiero decir que la Iglesia está en su derecho de mostrar el hueso y la carne de sus ministros, lo bien que les cae la sotana, lo lozanos que son y la envidia natural que puedan inspirar. Cuando uno de estos sacerdotes quiera instruir a otro muchacho o muchacha de su edad, pienso que el físico también cuenta. La atracción, en todos los sentidos, es un imperativo.

     Sé que a la Iglesia no hay que ir para extasiarse ante los modelos, pero conozco a más de una mujer que va a la Iglesia porque el cura está muy bien, o porque habla muy bonito, o porque canta divinamente. Por algo se empieza. Si hay atractivo, así sea solamente físico, la puerta ya está abierta y puede que, quien no tenía ganas de entrar, se decida.

     Algunos han tachado a esta iniciativa de pornografía religiosa. Yo no. Los curas y las monjas tienen derecho a ser guapos y guapas, y a no ocultarlo. Y a utilizar sus dones como atractivos, sólo como atractivos, para la promoción de la creencia. Eso de pensar que la fe es patrimonio de los feos, no me va. Ni me va sospechar que por ser apuesto o buena moza se transita el camino del libertinaje.

     Ya va siendo hora de que vistamos a la religión con el traje que le pertenece y no con la oscuridad a la que nos habían acostumbrado. Si dicen que hay amores a primera vista también pueden surgir convencimientos religiosos al primer impulso. Por ser guapo o guapa no se es pecador ni por ser feo o fea se es santo. Ya no vale aquel nefasto piropo que se le propinaba a la poco agraciada: te vas a quedar para vestir santos. Estos jóvenes clérigos, aunque sea en forma de afiche, nos están diciendo que la guapura también cuenta.

 

 


LAS DUDAS

Adolfo Carreto Hernández

 

 

     Cuánto me alegro de que Santa Teresa de Calcuta, la Madre Teresa, para entendernos, haya tenido dudas de creencia. Aunque yo creo que no: de creencia nunca las tuvo, ella creía en lo que creía y lo llevó a buen término todos los días de su vida. Pero dicen que sí, que llegaron ramalazos para perturbar su devoción que la martilleaban con eso de la sí o no existencia de Dios. Digo que me alegro mucho de esta santidad, de este milagro de la duda que a todos nos asola.

     Si no fuera por la duda sagrada todos andaríamos demasiado arropados, es decir, no habría indigentes para disipar la duda, esos que ayudaron a la Madre Teresa a proseguir su camino hacia la santidad. Todas las mortificaciones que los santos de antaño se propinaban, incluidos los latigazos, los cilicios, los ayunos y abstinencias, son indicativos fehacientes de las dudas. Y no digamos las noches oscuras, y las soledades. Así es que para ser auténtico santo canonizable es necesario insistir en el requisito de la duda.

     Quiero decir que, al menos en algún momento de su existencia, todos los santos que se precien han sido ateos. Y hay que ver con qué veneración ese muchachito reza ante la incredulidad salvadora de la Madre de Calcuta.

     Es este un argumento que habla muy bien de los ateos, incluidos aquellos que se confesaban tales por la gracia de Dios. Es este un argumento que habla muy requetebién de la condición de la creencia y de la condición humana. Para mí, visto lo visto, la Madre Teresa no necesita de más milagros: este de la duda es el más consistente y  despeja toda sospecha. Los otros ya han sido lo suficientemente aireados, y que no falten.

     Siempre me han interesados más los pecados de los santos que sus virtudes. Virtud, sin pecado del cual arrepentirse, es una fe demasiado sencilla, que no está a la mano de cualquiera. De ahí que me alegre tanto por el descubrimiento de estos lapsos de incredulidad de esta Santa Teresa a la cual yo rezo cada vez que me topo con la necesidad. Y es que siempre necesitamos de la duda para ser auténticos creyentes.